Charles Darwin observó que muchos patrones de conducta y expresiones emocionales de la especie humana tienen origen genético, y son pasados de generación en generación. Igualmente, concluyó el científico británico, el entorno en que crecen las personas, refuerza los hábitos y costumbres. La mentira es una de estas manifestaciones. Está comprobado científicamente que la gente miente por un número plural de razones, entre ellas, para evitar enredarse en problemas como consecuencia de sus actos; para no herir sentimientos de otros, así como para congraciarse con los demás o, simplemente, para hacer alarde de lo que no tienen. Aparentemente, la mayoría de las personas que mienten está consciente de sus actos y trata de que sus mentiras sean creíbles. Pero hay otras que en búsqueda de su propio bienestar no escatiman esfuerzos en aras de conseguir sus intereses, y no les importa que sus propios actos revelen su falsedad. Y es que mentir, de la forma como lo han venido haciendo los gobernantes de este país, demuestra que no les importa nada la opinión pública. Más que una acción defensiva, se ha convertido en una actitud compulsiva, involuntaria, casi sicosomática. Mienten porque tienen que mentir. Ya está en sus genes y su propio ambiente los motiva a mentir. Le mienten a sus allegados, le mienten al pueblo, le mienten a la Iglesia y son capaces de mentirle a Dios. A estas alturas, ya deben comprender que nadie les cree, y que ni aunque se sometan a un polígrafo recobrarán la credibilidad. Es una vergüenza que mientan mientras gobiernan un país. No gratuitamente han merecido el repudio de la comunidad.
Hoy por Hoy 2003/12/02
02 dic 2003 - 05:00 AM
