El arte de discernir entre lo correcto y lo incorrecto, cuando una línea muy tenue separa ambos campos, es labor para santos. La mayoría de los seres humanos no estamos capacitados para salir bien aireados de tan complejos dilemas éticos. El reconocimiento de tal limitación es opcional en nuestras vidas privadas, pero imperativo en el ejercicio del poder público. Es por esto que aquellos regímenes donde la democracia es mucho más que la mera repetición del ritual de los comicios, se caracterizan por reducir a su mínima expresión el terreno de lo incierto. No existen líneas tenues, sino delimitaciones certeras entre lo prohibido y lo permitido. En Panamá, en cambio, la desafortunada decisión de los partidos políticos de obstaculizar la voluntad ciudadana de control y transparencia en el financiamiento electoral, ha mantenido las donaciones a las campañas en el reino de las brumas. En este territorio, son las conciencias de algunos individuos las únicas garantías de que el proceso político no será secuestrado por intereses económicos e incluso criminales. Amparado por esta realidad, uno de los candidatos presidenciales argumentaba recientemente que no por haber recibido donaciones, estaba a la venta. Quizás tenga razón, pero, ¿es su juicio ético, aval suficiente contra la corrupción? ¿Quién define la frontera entre la cordialidad con un donante y el amiguismo? ¿Quién dibuja la línea entre la cercanía y los privilegios? Por mucha santidad que se adjudiquen los políticos, los ciudadanos debemos preferir siempre las normas claras a las dudosas aureolas.
Hoy por Hoy 2003/11/20
20 nov 2003 - 05:00 AM