De las acciones del contralor Alvin Weeden y de las acusaciones del empresario Charles Jumet, es fácil colegir que la corrupción dentro de la política criolla ya ha llegado al más profundo cinismo. Si ayer la corrupción fue disimulada por el exitoso ocultamiento de las pruebas y sus actores, hoy se confrontan unos con otros al destaparse una olla de alacranes. Tenemos un país que no proyecta transparencia y una dirigencia política insensible ante la indecencia institucional. Hoy, la patria sucumbe ante una cepa política que, por lucrar con la impunidad, ni siquiera es capaz de dar respuestas cívicas ejemplares frente al escándalo de sus representantes que venden o alquilan su alma ante una ley electoral cómplice. Detrás de los males panameños hay mucho más que un gobierno incapaz. Hay una cultura política errada, que debe cambiar en todas sus dimensiones. Ya no solo se necesita una simple transformación del Estado. Es necesario acabar con la receta de un liderazgo político unipersonal que sólo sirve para encubrir negociados o perpetuar latrocinios. Tampoco sirve la actitud de aquellos que están dispuestos a ignorar los escándalos a cambio de migajas, y esto porque la profundidad de la crisis ni siquiera da lugar para migajas ni espejismos de despegue pasajeros. El país padece mucho más que un déficit fiscal; sufrimos un déficit moral y ético que sólo puede saldar una política renovada a partir de nuevas reglas de juego. Si queremos dejar de ser una seudodemocracia, hay que decir con todas las letras lo que debemos erradicar: la corrupción, ingenuos.
Hoy por Hoy 2003/11/16
16 nov 2003 - 05:00 AM
