Es indudable que el objetivo principal de todo acuerdo comercial es beneficiar a las partes. En este sentido, el Tratado de Libre Comercio (TLC) entre Panamá y Taiwan busca el fomento de la economía y la promoción del bienestar colectivo de las dos naciones. Pero, en el mundo real, se necesita más que teoría para poner las buenas ideas en práctica. Es indispensable que las autoridades tengan sentido común y un alto nivel de comunicación con los sectores involucrados. Por eso resulta irónico que al acto de la firma del TLC, llevado a cabo ayer en Chitré, no hayan sido invitados varios grupos productivos del país, porque estos no comparten la línea política del gobierno. Sería iluso pensar que Panamá se beneficiará de un TLC si los actores principales -que son los productores- no conocen el contenido del acuerdo ni son invitados a participar de los compromisos adquiridos por el país. Al final, de esto es que dependerá si el TLC es un glorioso éxito o un rotundo fracaso. Podemos advertir, por los vientos que soplan, que si no hay un cambio de mentalidad del gobierno, la sonrisa que produce incursionar en un mercado de 23 millones de consumidores se puede convertir en una mueca de ridiculez, ineptitud e incapacidad. Si el TLC no es para que los productores exporten más, entonces, ¿para qué es?
Hoy por Hoy 2003/10/20
20 oct 2003 - 05:00 AM
