En medio de una crisis de proporciones extraordinarias, los legisladores se aferran a la figura de la inmunidad, le dan una interpretación torcida y la confunden con impunidad. Lo que es una prerrogativa parcial creada para lograr un recto ejercicio de sus funciones lo han convertido en el privilegio del vale para todo. Desde esta columna se ha advertido el perjuicio que representa para la Nación ese comportamiento y el daño que ocasiona al sistema democrático y a la precaria institucionalidad. Sobre el peligro de esa ventaja de la que gozan los legisladores se ha manifestado con razón la embajadora de Estados Unidos, Linda Watt. Expresiones que además generan susceptibilidades. Quienes obtienen a través del sufragio el beneficio de la representación popular son los primeros que deben comportarse con ética y ser ejemplo para la ciudadanía. Con el abuso de la inmunidad y otro rosario de privilegios, los legisladores se ponen por encima de la ley y ofenden la dignidad y el decoro que les han sido concedidos. Como si fuese poco, se creen dignos de ser honrados y reclaman ser llamados 'honorables' y se someten sin empacho a ser reelectos, algunos por dos, tres y cuatro veces. Señores legisladores: la inmunidad no es una patente de corso ni una llave para la impunidad, por lo que debe ser restringida para garantizar en forma exclusiva aquellas actuaciones en el hemiciclo.
Hoy por Hoy 2003/09/30
30 sep 2003 - 05:00 AM
