No hay un cargo público más devaluado moralmente que el de legislador, sin embargo, quienes lo ostentan no se dan por enterados o no han sido informados. Opera en ellos un mecanismo de negación que los obnubila y les impide calibrar el malestar ciudadano en relación con el Organo Legislativo. La casi totalidad de los legisladores es candidata a la reelección. ¿Cada uno de ellos se ha preguntado qué ha hecho para merecer ser revalidado en el puesto? ¿Qué mérito ostentan para que los votantes les digan bis? ¿O confían en que un lapsus del elector borre la imagen nada honorable que ostentan? Las excepciones son pocas. Ante una imagen tan deteriorada, ni siquiera ha habido vergüenza de los legisladores de optar por un retiro. El récord de bochorno lo ofrece el fenómeno del transfuguismo, que recibe su aceptación y aprobación entre la clase política. La responsabilidad por esta situación cabe a los partidos, grupos amorfos y sin idearios y cuyo empeño es exclusivamente la conquista del poder. Sería lamentable para el país que los electores a la hora de votar ratifiquen los desaciertos políticos presentes.
Hoy por Hoy 2003/09/29
29 sep 2003 - 05:00 AM
