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En 2016, unos 4 mil incendios de masas vegetales han afectado al país. Desde la reserva forestal de La Yeguada, hasta la laguna de Matusagaratí, incluyendo las faldas del volcán Barú y las costas de Veracruz. Los bomberos no tienen la capacidad de combatir un promedio de 50 eventos diarios, y al Ministerio de Ambiente se le hace cada vez más difícil proteger nuestro aire, conservar los suelos, y resguardar las capas freáticas de aguas subterráneas que se pierden por la devastación forestal. La especulación de tierras, la expansión ganadera, la voracidad de la actividad maderera ilegal, y hasta el simple sadismo, se han combinado para producir un infame verano que nos castiga con enfermedades, aire contaminado, un número desconocido de especies muertas, y ecosistemas cada vez más empobrecidos por una irresponsable acción humana. Este estado de situación demuestra la vocación ecocida y autodestructiva que esta sociedad conlleva. Es indispensable que las autoridades creadas para salvaguardar el medio ambiente puedan cumplir con su función y cuenten para lograrlo con los recursos necesarios. Ello no bastará, si no tomamos conciencia de nuestro papel ciudadano como protectores de un ambiente sano y sostenible. Después lamentarnos, habrá perdido sentido.

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