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El ascenso y la caída de un deportista marca una época en nuestras vidas. La profunda soledad de aquel que salió del barrio con la fuerza de sus puños, con la velocidad de sus piernas y la rapidez de sus reflejos, alimenta un mito que los convierte en héroes de cada generación. Les exigimos que sean perfectos en las canchas, los estadios y los tinglados, y ellos muchas veces, sin pedir nada a cambio, se nutren con el aplauso y el orgullo de escuchar nuestro himno nacional en sus presentaciones. Aquellas trayectorias de medallas, trofeos y cinturones de campeonatos se olvidan y se pierden en un solo instante por una mala decisión, por acompañantes inconvenientes y por la nostalgia de las candilejas perdidas que nunca más volverán. Ingrata es la fama y amarga es la infamia. Con el corazón apretado, recordemos al campeón de boxeo que tanta gloria y orgullo hizo vivir a nuestro pueblo, sin renunciar al indispensable imperio de la ley sobre los malos pasos del ser humano.

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