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La corrupción, entendida como la gestión del tesoro público para favorecer a pocos, o la manipulación del mercado económico en perjuicio de muchos, y la distorsión del bien particular, es el fenómeno que caracteriza nuestra época. El escándalo de la FIFA, las grandes trampas en las bolsas de valores internacionales, o la “simple” coima del policía de tránsito, son todas facetas de una misma realidad humana. Cuando no existen controles, en ausencia de la rendición de cuentas, y sin la certeza del castigo, la opacidad prospera y la corrupción se contagia. El peculado, el blanqueo de capitales, los sobreprecios, los sobornos y las comisiones perjudican a todo el país, y son el peor robo que le podemos hacer al futuro. Actualmente, tenemos la mejor oportunidad que Panamá ha conocido para reducir esta enfermedad a su mínima expresión. Para alcanzar esa victoria todos debemos convertirnos en auxiliares de la justicia y en reproductores del juego limpio. La mentalidad de que es mejor que los gobiernos roben, siempre y cuando hagan obras, nos convierte en cómplices del sistema y en sus principales defensores. A nuestra generación le corresponde romper estas cadenas que nos atan al subdesarrollo.

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