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“A mis amigos jueces, a mis compañeros fiscales, yo les invito a decir la verdad”, así se expresó el fiscal 41 del Ministerio Público de Venezuela, quien escapó de su país acompañado de su familia y con el peso encima de la enorme injusticia de la que había sido parte. Leopoldo López fue juzgado con pruebas falsas, y los funcionarios del Ministerio Público y del poder judicial, que tenían vinculación directa con su caso, fueron sometidos a enormes presiones de sus superiores y del poder ejecutivo para conseguir una condena. En una nación con instituciones probas y transparentes, ya las autoridades habrían invalidado el juicio y liberado a Leopoldo. Este no es el caso de Venezuela, muy probablemente se hará una campaña de desprestigio en contra del valiente fiscal que decidió hacer lo correcto. Todas las dictaduras, por más fuertes e impunes que se crean, tienen un lado débil: la conciencia de las personas. Hoy las de Leopoldo y su fiscal son más libres que nunca, mientras que las de sus opresores se han transformado en implacables cárceles donde el juicio de la historia los sentenciará hasta la eternidad.

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