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A media noche del 19 de agosto, el presidente venezolano Nicolás Maduro cerró de manera parcial la frontera entre su país y Colombia, supuestamente, en respuesta al ataque que sufrieron sus fuerzas de seguridad de presuntos contrabandistas colombianos. Esta acción ha visibilizado la dura realidad de los colombianos migrantes en Venezuela. Unos 8 mil, entre deportados y desplazados por las amenazas, cruzaron la frontera en busca de amparo en su país de origen. La forma en que se realizó, usando la fuerza, sin debido proceso ni protección judicial y quitándoles sus documentos de identidad personal para luego destruirlos, es una mancha a la legitimidad de cualquier reclamo del Gobierno bolivariano. Más parece una evidente actuación oportunista, que al calor de un incidente que denota la inseguridad existente en la mayoría de las fronteras en América Latina, ha sido convertido por el régimen de Maduro en una distracción de los terribles problemas internos que enfrenta su nación. Culpar a los extranjeros de los problemas internos que vive Venezuela, es una táctica utilizada por el fascismo, que debe recurrir al miedo y a la manipulación, porque ha perdido la fuerza de la razón.

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