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Ricardo Martinelli fue un vendedor de ilusiones. Vivimos cinco años viendo crecer la economía, impulsada por sus megaproyectos, mal planificados, inútiles en muchos casos –como los aeropuertos en Colón o Río Hato– o centros médicos construidos donde no había luz ni agua o levantados a pocos metros de otros hospitales. Como si fuera poco, los sobrecostos de “sus obras” desafiaban cualquier cálculo, porque, además, la pésima calidad no justificaba semejantes gastos. Por ello es que casi todo su Gabinete está bajo investigación, sin contar la enorme cantidad de “empresarios” que comienzan a confesar sus fechorías en complicidad con esa banda organizada que robó e hipotecó buena parte de nuestro futuro. Las obras se aprobaron a tambor batiente por una Contraloría sumisa, arrodillada al poder del tirano. Sí, allí están “sus obras”, costosos monumentos hechos a la medida de sus absurdos caprichos, cuyo propósito no era el cacareado bienestar del pueblo, sino el suyo: llenarse los bolsillos junto a sus no menos voraces cómplices. Ahora tenemos hospitales sin médicos, aeropuertos sin pasajeros, mercados sin productos y un descarado en Miami.

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