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Al inicio de la República fue clara la necesidad de tener un colegio de excelencia para formar a los panameños, en las artes, la educación, las ciencias y los valores cívicos de una sociedad laica. Así nació el Instituto Nacional. Sus insignes profesores, desde Eusebio Morales, Ricardo J. Alfaro, José Dolores Moscote, hasta Diana Morán y Alfredo Arturo Adames, le dieron lustre y significado a este templo del saber. Sus alumnos han sido poetas y presidentes, empresarios y educadores, pero sobre todo, ciudadanos destacados de este país. No podemos dejar que el Instituto se desvanezca entre delincuentes y forajidos, o que la burocracia educativa y el gremialismo se lo devoren para satisfacer pequeños intereses. Para salvar a este colegio, hay que fortalecer a su profesorado, depurar a su cuerpo estudiantil y empezar un nuevo Nido de Águilas, filosófica y físicamente en otra ubicación. Tomemos sus hermosos edificios y honremos la memoria de los mártires con un museo a la nacionalidad. Mientras se construye esa nueva educación, todos tenemos la responsabilidad de dar la mano para rescatar el alma de nuestra historia. Es una decisión difícil, pero es la hora del valor y del coraje, la gloria del Instituto Nacional se lo merece.

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