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La dimisión del presidente de la FIFA debe permitirnos reflexionar abiertamente sobre el rol de la empresa privada y de la sociedad en general en la corrupción a funcionarios. Al viejo aforismo que dice “para que exista un corrupto debe haber un corruptor, se le debe oponer uno que reconozca que “para que haya una persona íntegra debe existir un entorno de honestidad”. En Panamá, se hizo común que surgieran nuevas fortunas de la noche a la mañana, contratos fantásticos que venían ataviados con ropajes de conflictos de intereses, y decisiones administrativas y judiciales sumamente sospechosas. Sin duda que si la sociedad, las multinacionales y los empresarios panameños hubiesen imitado las acciones ejecutadas, tras los grandes escándalos de corrupción que invadieron el fútbol internacional, por los grandes patrocinadores de la FIFA, nuestra realidad hoy sería diferente. Combatir la corrupción en nuestro país, de forma cohesionada, nos habría evitado sufrir el abuso al que fue sometido nuestro erario. Y es que esa cultura de hacer dinero a toda costa debe cambiar. En el fútbol como en la política, el fair play debe ser la meta.

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