El aeropuerto Enrique Adolfo Jiménez, en Colón, es otra broma pesada de la anterior administración. Nos costó unos 60 millones de dólares, con una pista de aterrizaje similar a la longitud de la de Tocumen y con amplias facilidades, pero con la diferencia de que allí aterrizan pocas avionetas privadas y no las prometidas aerolíneas que cambiarían el perfil de la ciudad de Colón, como lo prometieron las autoridades que lo inauguraron, porque es que el aeropuerto solo lo aprovechan unos pocos para viajar hasta la Zona Libre. Más millones botados, como si a Panamá le sobraran. Y como este, las obras fantasmas abundan: el subutilizado aeropuerto de Río Hato, los Minsa-Capsis inconclusos o construidos donde ya habían hospitales, o la Cadena de Frío, al lado de la ciudad hospitalaria, ambas sin terminar y mal ubicadas. En fin, impuestos derrochados con fines ulteriores. Y ahora, a estas obras hay que darles un fin, pues el gasto se hizo. Ricardo Martinelli hipnotizó al pueblo con la ilusión de construir un país desarrollado, cuando la verdad es que sus obras dejaron al desnudo lo tercermundista que somos, mientras él disfruta su autoexilio dorado –eso sí– en una nación del primer mundo.
hoyporhoy
10 may 2015 - 05:08 AM