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Ayer, se dio a conocer el estado del desplazamiento forzado de personas en el mundo. Los números son contundentes: 38 millones de personas. Es una cifra récord y un reflejo del fracaso de las naciones para evitar el sufrimiento de la población más vulnerable a las guerras, el terrorismo y el crimen organizado. Los desplazados internos, que por lo general habitan en regiones pobres y aisladas, al huir pierden familia, tierras, viviendas, esperanza y futuro. Pensar que esta situación es exclusiva de zonas lejanas, es un error. Colombia, El Salvador, Honduras, Guatemala y México son víctimas de estas injusticias. Mientras en Colombia hay esperanza por los diálogos de paz con las FARC –aunque otros factores de violencia siguen incólumes– en Honduras, en Guatemala y sobre todo en México, la violencia parece recrudecer, enviando a cientos de miles a deambular. Lo cierto es que la migración forzada es una dura realidad que azota a millones de hombres, mujeres y niños, y los esfuerzos concertados, políticas de atención y protección efectiva parecen tener poco a ningún resultado. La indiferencia solo ayuda a agravar el problema. Nadie debe ser obligado a abandonar su hogar.

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