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Desde los inicios de la era posdictadura, el Tribunal Electoral ha representado la institución gubernamental modelo por excelencia. El papel jugado por la entidad y en especial por los magistrados a su cabeza durante los últimos procesos electorales, les ganó el respeto y la admiración de la sociedad. Fueron garantes de comicios impecables. Es por eso que hoy resulta lamentable ver cómo acciones burdas como el haber incurrido en prácticas de nepotismo, manchen el prestigio ganado a través de los años por el organismo electoral. La ciudadanía se siente traicionada. Los panameños anhelamos un sistema de gobierno en el que las instituciones pesen más que los individuos, en el que sin menoscabo de las reglas establecidas en los diversos códigos de ética, sean los valores cívicos y morales los que imperen en la administración pública. Los funcionarios tienen el deber de velar por los intereses de la gran mayoría y no los de una familia o grupo económico en particular. El nepotismo es un acto inmoral, y como tal su sanción debe ser ejemplar, sin importar quien haya sido el ofensor. ¡Basta ya de paños tibios!

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