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Los últimos casos de nepotismo en la estructura gubernamental, incluso en instituciones tan prestigiosas como el Tribunal Electoral, nos hablan de un problema mayúsculo e histórico en nuestra cultura del manejo de la cosa pública. No logramos entender que somos una república, es decir, un sistema político que implica una clara separación de poderes bajo el imperio de la ley y en función del interés colectivo. El feudalismo y otras formas de organización no tienen cabida en estos tiempos. Los ciudadanos hoy delegan el poder en funcionarios que deben tener claro que no pueden abusar de ese mandato. En una república –como esa que pretende ser Panamá– la práctica de dar cargos o concesiones a allegados y familiares es una perniciosa forma de corrupción que no se debe tolerar, no solo por el daño inmediato que causa, sino también por las lecciones amargas y decepcionantes que se extienden como cáncer en la sociedad: la cultura de la “rosca” o la “palanca”. Dar el ejemplo con acciones concretas y castigar estos vicios es un deber legal y moral de los responsables de la administración pública y así terminar con este lastre que hemos arrastrado por tanto tiempo.

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