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Cada vez queda más claro que en el Instituto de Mercadeo Agropecuario (IMA) hay mucho más de mercadeo que de agropecuario. En cualquier país donde exista un verdadero respeto a los ciudadanos, un funcionario que admite públicamente y sin rubor tan inexcusable empleomanía, ya habría tenido que presentar su renuncia. Su confesión no es más que una muestra del desprecio a la vergüenza, las normas, la correcta administración de la cosa pública y hasta al sentido común. El aludido, en cambio, ha optado por aferrarse a la silla y culpar de sus males a sus propios asesores, al “fuego amigo”, a supuestas campañas, a círculos de poder y, quizá dentro de poco, al dengue, el ébola y hasta el Estado Islámico. Afortunadamente, la Contraloría, la Procuraduría de la Administración y la Autoridad de Transparencia se han interesado en investigar su breve pero escabrosa gestión. Parece que el único que -aún pese a todo lo ocurrido- se empeña en sostenerle la escalera a este señor, es el presidente de la República. Después de haber sido testigos de lo que sucedió en el último quinquenio, nos asiste todo el derecho a decir que este es un déjà vu.

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