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Cual dictador de poca monta, el rector de la Universidad de Panamá ha logrado un largo y acariciado anhelo: echar de las aulas de clases al catedrático Miguel Antonio Bernal. ¿Cuál es la falta que ha cometido este profesor para enviarlo al exilio académico? Ser disidente, enfrentar a Gustavo García de Paredes en un frente en el que este último no las tiene todas consigo: en el campo del honor y la verdad. El rector se ha enquistado en la dirección de la Universidad de Panamá, envenenando sus entrañas, viciando la academia y malogrando la vida misma de estudiantes y profesores. Lo que ha logrado el rector, lejos de provocar regocijo, escandaliza y avergüenza, porque en su afán de silenciar a sus críticos ha tenido que escarbar en el pasado, buscando la excusa para justificar sus ignominiosas motivaciones presentes. El centro de enseñanzas –otrora faro de luz– se sume cada día más en la profunda oscuridad en la que se mueve el “rector eterno”. Y tal como van las cosas, la Universidad ya no será la casa de Méndez Pereira; será la guarida de García de Paredes.

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