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La corrupción de servidores públicos tiene dos componentes básicos: quien corrompe y el corrompido. Ello sin menoscabo del triste papel que han jugado –consciente o inconscientemente– los bancos y negocios que se prestaron para recibir o blanquear millones de dólares. Desde hace meses somos testigos de cómo el Ministerio Público ha emprendido acciones para dar con los corruptos. Y, aunque los funcionarios han sido mayormente blanco de la atención de los medios, no es menos importante el rol de los empresarios que se han quemado jugando con el fuego de la corrupción. Sus motivos fueron tan mezquinos, como desmedida y grosera su codicia. Ahora no pueden esconderse tras excusas de haber entregado contribuciones, beneficios o cuanta palabra bonita buscan para tratar de evitar de llamar las cosas por su nombre. Y es que pagaron coimas, que estas salían de escandalosos sobrecostos que no eran otra cosa que plata robada de nuestros impuestos. La justicia debe ser tan rigurosa y severa con los funcionarios que aceptaron el dinero mal habido, como con aquellos que –para engrosar sus cuentas bancarias– pagaron por su silencio, conciencia y fidelidad.

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