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El hostigamiento sexual, el acoso escolar y la ofensa callejera son amenazas serias y ciertas que enrarecen los ámbitos laborales, escolares y públicos en los cuales las personas conviven. En un mundo perfecto, hombres y mujeres podrían intercomunicarse dentro de parámetros de respeto y con espacio para los coqueteos y cortejos sanos. Distamos mucho de vivir en semejante sociedad. El resultado de una legislación prohibicionista y mal analizada bien puede hacer que muchas empresas, e incluso oficinas públicas, eviten contratar mujeres para evadir los temas que se pretenden regular. La asimetría de poder que crea el anteproyecto de ley presentado en la Asamblea Nacional puede prestarse para chantajes y manipulaciones. Debemos tener cuidado al legislar sobre moralidad o emociones y enfocar los recursos públicos en asuntos más trascendentales que afectan y amenazan el bienestar de los ciudadanos. Financiar una gran campaña educativa permanente sobre estos temas puede conseguir más que amenazar con cárcel, suspensiones o despidos. Ese debería ser el debate.

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