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Las marchas y eventos efectuados en el día de ayer en Panamá y en otras ciudades del interior del país demostraron que se está construyendo la masa crítica de ciudadanos en contra de la corrupción y de la impunidad. Es decir, que lo de ayer fue el comienzo de una nueva sociedad cuyas bases son la honestidad, la decencia, el trabajo y el respeto a los derechos humanos. Parecen nociones sumamente simples de seguir, pero, por el contrario, en nuestra cultura política constituyen una minoría los líderes y altos mandos del poder que entienden que deben limitarse, controlarse, y evitar la búsqueda de fortunas rápidas, fama, placer y otras formas negativas de satisfacción personal a través del ejercicio de la política. Los cientos de millones de dólares despilfarrados, perdidos y robados, aunque fueran en su totalidad recuperados –cosa que usualmente no sucede– representan tareas incumplidas que impiden la realización de campañas de vacunación, equipamiento de escuelas, establecimiento de programas de alimentación para comunidades vulnerables, y hasta el mejoramiento de la seguridad a la población del país. En el fondo, las reivindicaciones expresadas en el día de ayer fueron sobre un mismo asunto: no más oportunidades perdidas.

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