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Buscar quién o quiénes son los culpables del deplorable estado en que se encuentra el Museo Antropológico Reina Torres de Araúz ya carece de sentido, pues los efectos del daño ocasionado superan con creces la curiosidad de saber la identidad del o los responsables de tan imperdonable situación. Es un crimen que nuestra riqueza antropológica, que las raíces de nuestra historia estén sepultadas en cajas de cartón a la espera de que algún gobierno tome conciencia de que desconocer nuestro pasado es perder nuestra ya endeble identidad. No queda duda de que la cultura es una huérfana, es la cenicienta del presupuesto, la última de las prioridades. Hablar de cómo se dilapidó el dinero en la pasada administración es cosa harto sabida. Pero de esta, es una vergüenza que con las evidentes penurias de este museo se haya destinado 25 mil dólares a cada diputado, o sea, 1.5 millón de dólares, ignorando olímpicamente un proyecto que nos haría sentir orgullosos de lo que fuimos y somos. Pero en vez de ello, el patrimonio cultural se pudre, se pierde y hasta quizás desaparece sin que un solo político le dé importancia al hecho. No todo puede ser concreto y jamón; también existe la necesidad de nutrirse de orgullo y conocimientos.

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