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Hoy por hoy

A diferencia del diálogo por la Caja de Seguro Social –empantanado en discusiones estériles de forma– el del Pacto del Bicentenario presenta propuestas concretas y a tiempo. Son metas ambiciosas para un gobierno que se distingue por su inoperancia, falta de transparencia y una inaceptable ineptitud en los altos mandos, sin contar la enorme cantidad de funcionarios contratados para cumplir compromisos clientelistas, ignorantes funcionales que reciben salario solo por sentarse en una oficina sin trabajar (y a veces ni eso). Así, por ejemplo, los ciudadanos exigen en el Pacto mayor eficacia en temas de seguridad ciudadana. La delincuencia y la alta tasa de criminalidad ponen al desnudo la carencia de una política seria y planificada en esa materia. Las propuestas dejan ver lo costoso que es mantener las fuerzas de seguridad versus sus pobres y cuestionables resultados. Y eso es un hecho, no una percepción. Los ciudadanos también se quejan de los vicios usuales: opacidad y falta de ética y de rendición de cuentas en la gestión pública, por lo que sugieren elaborar un plan nacional de formación ética pública y de transparencia, así como crear una ley general de administración pública. Si solo alguna de estas aspiraciones se concreta, ya habrá sido buena idea haber convocado al Pacto.