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Hoy por hoy

Nuestra sociedad no parece tener descanso, mucho menos paz. Todos los días hay un escándalo. El ciudadano promedio debe dedicarse todos los días a examinar qué hay detrás de cada ley; de cada contrato; de cada discurso, pues siempre hay una doble agenda, en la que hay que descubrir el verdadero propósito de todo o, de lo contrario, nos quedamos sin país, pues nos gobierna una partida de hipócritas que solo vive para el engaño y el robo. Esto lo percibe todo el mundo, incluso los de olfato poco desarrollado… menos el Presidente de la República, quien, estando tan cercanamente rodeado de la pestilencia, es inexplicable que todo le huela a rosas, a no ser que carezca de olfato o no respire o soporte muy bien la fetidez. El tufo a corrupción es tan insoportable que muchos jóvenes –que representan el futuro de la tierra que dice el presidente tanto amar– empiezan a emigrar a otros países. Este es un fenómeno nuevo, y que debe ser analizado por los gobernantes, pues sin ellos, no hay futuro. Y muy bien saben los políticos que el pillaje y el latrocinio no generan riqueza, y siendo ellos unos inútiles sátrapas, el país se irá hundiendo poco a poco, mientras el presidente, inevitablemente, se impregna del mismo olor que es incapaz de percibir.