Desde que Ricardo Martinelli fue elegido presidente, en 2009, el país no ha tenido paz. Su gobierno –desde siempre– fue una mezcla de chabacanería y escándalos que aún retumban, pues, lejos de arreglar sus problemas judiciales por las acusaciones criminales de las que es objeto, ha puesto toda suerte de obstáculos, recusaciones, recursos y de todo a lo que ha podido echarle mano para impedir un desenlace que –según él– proclamaría su mancillada inocencia. Todos los días tenemos un escándalo con este sujeto, que se hace acompañar de gente de su misma calaña, y a la que hay que aguantar por sus espectáculos públicos y hasta privados. Junto a él, hay decenas de exfuncionarios que hacen lo suyo en los tribunales sin tanto aspaviento ni teatro, sin su habitual alharaca y verborrea. En su mundo, las culpas no son suyas, sino de los demás, pues en su enfermiza mente, el mundo entero conspira en su contra, sus hijos y su familia. Todo enemigo –imaginario o no– es culpable de sus malas, pésimas e inconfesables decisiones, cuando solo tiene que verse al espejo para mirar directamente a los ojos al responsable de sus actos. Ya es hora de dejar ser valiente solo con los pies.
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18 oct 2021 - 05:02 AM