La crudeza de la historia contada al público ayer por la periodista Castalia Pascual (TVN) es desgarradora. Ella narró una llamada de Ricardo Martinelli cuando era presidente. Describió cómo había ordenado el traslado de un familiar suyo, de un centro de atención para adictos “a la peor celda de La Joya”. Una y otra vez la periodista contó cómo “me tuve que arrodillar a su poder” y suplicarle que enviara a su pariente de vuelta a su tratamiento. A lo que Martinelli –contó Pascual– le respondió que no se metiera con sus hijos y que él no se metería con su familia. ¿Cuántos más han sido víctimas de semejante gala de abuso de poder? Ojalá otros se atrevieran a denunciarlo con la misma valentía que la periodista. Esta conducta y otras ya conocidas no son más que la expresión fiel de cómo el poder político se usa al servicio de la vileza y la villanía.
Más recientemente, el expresidente protagonizó un bochornoso espectáculo en el que, según su propia confesión, golpeó a un testigo de la Fiscalía en el caso de los pinchazos, sin contar que en este mismo proceso el tribunal de la causa tuvo que dictar medidas de protección para el testigo protegido. Y pensar que todavía hay quienes consideran a este maestro del abuso, del engaño y del bullying el mesías de los panameños.
