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Hoy por hoy

Cada acción, cada declaración, cada iniciativa que toman los diputados nos llevan a concluir que vivimos en una dictadura parlamentaria. Todo lo que hacen es acomodar las leyes para que sus fechorías tengan apariencia de legalidad; manejan el dinero del presupuesto del Estado a su conveniencia, pues no es que busquen el bienestar de sus electores, sino, por el contrario, lo que tratan de buscar es su reelección, promoviendo obras en sus circuitos, rol que le corresponde a otros funcionarios; la opacidad es el norte en sus declaraciones a los medios y en la discusión de las leyes –como las reformas al Código Electoral, que insisten en pasarlas a como dé lugar y a espaldas de los votantes–; pierden legitimidad porque se han convertido en una aplanadora que destruye, en vez de construir; que impone, en vez de consensuar. Actúan como verdaderos pandilleros, y una pandilla que solo busca perpetuarse en el poder, que actúa en su propio beneficio y que sus miembros no pueden justificar las riquezas que ostentan, sencillamente no merecen nuestro respeto. Y siendo el pueblo el soberano, puede seguir exigiéndoles que cumplan con la Constitución; que den cuenta de lo que hacen y no hacen, pero, especialmente, mostrarle ahora —tal como miles lo hicieron hace unos días— el hartazgo en las calles y un “hasta aquí” en las próximas elecciones.