Michel Foucault criticó a las instituciones disciplinarias por ser mecanismos para imponer un orden a punta del castigo, el miedo y la supuesta recompensa, a las personas que en asilos, orfanatos, prisiones, escuelas y hospitales psiquiátricos, están a merced de la autoridad. La tragedia del albergue en Tocumen evoca los dantescos y tenebrosos pasajes denunciados por Foucault. El Estado abandonó su obligación de proteger a los menores que están bajo su “tutela”. Los dejó en manos perversas y depravadas, sin conocimiento técnico ni auditoría de lo que ocurría a puertas cerradas. Niñas y jóvenes adolescentes sufrieron actos peores que aquellos que causaron su internación, mientras que niños y adolescentes con discapacidad u otra condición fueron sedados y esposados. No hay palabras para calificar el enorme daño causado al alma y al cuerpo de estos menores de edad por la desidia del Estado. Este no puede ser otro escándalo más, que entre el morbo y la burocracia, se ahogue en el olvido. Lo ocurrido en este albergue obliga a revisar todos los recintos similares, y a replantear de una vez por todas que la negligencia y la corrupción no son tolerables.
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14 ago 2020 - 04:52 AM
