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Hoy por hoy

La “justicia” está trabajando como nunca antes y con velocidades de vértigo. Pero no para todos. Mientras unos reciben la magnánima tolerancia ante excusas de enfermedades de un hipocondríaco, otros son tratados con el rigor de un mafioso frente a un delator. Esta misma persona es la que marca la agenda del Gobierno –administrado por pusilánimes y genuflexos–; de jueces que traicionan los más elementales principios de justicia, y de diputados mitómanos, comprometidos solo con el amo y con sus bolsillos. Panamá es la viva expresión de una democracia fallida, cercana a la de Nicolás Maduro o Daniel Ortega. Este no es un gobierno a dos manos. Cada día se hace más evidente quién es el que manda, quién es el que hace lo que le da la gana y quiénes son sus empleados en el Gobierno. No le hizo falta competir por la Presidencia de la República; la tenía asegurada sin obtener un solo voto. Y la justicia le está facilitando gobernar como lo hace un autócrata: sin oposición, aplastando y cercenando libertades y derechos; con absoluta impunidad, como lo hace el dictador; sin críticos, ajusticiados por jueces a su servicio, y sin respeto a la ley y la Constitución, porque el Estado es él y solo él.