En “Ensayo sobre la abundancia de peces”, el autor relata la historia de un país que atraviesa una epidemia. Al principio, los ministros toman acciones decisivas. Decretan cuarentenas, compran equipos, endeudan al país y reparten bienes para compensar la falta de ingresos. Desde ultramar se aplauden las medidas. Se instaura una nueva tradición, la misa a las 6:00 p.m. que la ciudadanía comparte en comunidad. De vez en cuando, se aparece el patriarca y advierte que vienen tiempos duros, aunque se toma 20 minutos en decirlo. Un solo equipo.
Tres meses más tarde, se descubre que había más de un equipo y hasta diferentes reglas para el partido. Unos jugaban con abanicos y módulos, otros convocaban reuniones en violación de sus propias disposiciones. La cuarentena absoluta de 68 días resultó ser una victoria pírrica. A un enorme costo económico, se aplanó la curva, pero ahora el país vive una segunda ola más intensa. En respuesta, los ministros ya sin ideas, cansados y desconectados de la realidad, rebobinan el casete y lo vuelve a tocar.
Los médicos en la trinchera han demostrado éxito en el tratamiento clínico de la enfermedad, pero quienes formulan la política epidemiológica no parecen informarse de la experiencia de otros países.
Ninguno se pregunta: ¿tiene sentido que la policía supervise el toque de queda, mientras que los homicidios aumentan 40%? Ninguno ve la contradicción entre la clausura económica y que funcionarios sin trabajar cobren la totalidad de su salario. Nadie se explica que no se haya creado una unidad especializada en trazabilidad hasta ahora. Estas y otras inquietudes preocupan a la ciudadanía que siente al equipo sin dirección.
Como dijo el antiguo primer ministro de Francia George Clemenceau al retomar la jefatura del gobierno en 1917, en plena Primera Guerra Mundial, que “La guerra es algo demasiado importante como para dejársela a los generales”. Retome las riendas, señor Presidente, o no habrá abundancia de peces a la que volver.