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Hoy por hoy

La confianza es el producto de la transparencia. La confianza no se impone por decreto ni por ley, se obtiene ganándola, haciéndose merecedor de ella. Y lo que empezó muy bien con la confianza depositada en el Gobierno para manejar la pandemia –con medidas duras, con disciplina nunca antes exigida, con cuarentena extrema y rigurosa– se ha ido diluyendo por la falta de transparencia, no el manejo científico del tema, sino en cómo se han gastado cuantiosos recursos que todos los ciudadanos debemos pagar con nuestros impuestos. Es por ello que la sociedad exige, como nunca antes, cuentas claras y en tiempo real, no semanas ni meses después. Dinero comprometido o gastado en la pandemia –o todo recurso empleado en otros menesteres– debe ser divulgado de inmediato por los canales que indica la ley. La situación que atravesamos no es un cheque en blanco; tampoco es una licencia para ignorar la transparencia que le debe el funcionario a quienes le pagamos su salario, incluso durante esta pandemia, en la que muchos han terminado sin trabajo. La transparencia no es un capricho, es la obligación de todo aquel que maneje recursos del Estado. Y si no le gusta, la salida del Gobierno tiene una puerta ancha.