La Finalissima que nunca se jugó prometía ser un aperitivo de lujo entre Argentina y España. Habría sido un partido aislado, en cancha neutral, entre el campeón de América y el campeón de Europa. Interesaba, sí, pero jamás habría tenido el peso que tendrá el domingo en el MetLife Stadium.
Porque ahora no hablamos de dos selecciones que llegan con buenas credenciales. Hablamos de dos equipos que han sobrevivido al Mundial más largo de la historia. Ya no los juzgamos por un amistoso de prestigio, sino por siete partidos —uno más que en las ediciones de 32 selecciones— que permitieron conocer sus fortalezas, descubrir sus debilidades y confirmar su personalidad.
El recorrido convirtió esta final en algo mucho más valioso que aquella Finalissima que quedó pendiente.
Argentina aprendió a convivir con el caos
Si hubo un partido que resumió el Mundial argentino fue el 3-2 contra Cabo Verde en los dieciseisavos de final. Lo que parecía un compromiso de transición terminó convirtiéndose en una montaña rusa de emociones. Argentina sufrió, concedió espacios, remontó y volvió a demostrar que nunca pierde la fe en su capacidad ofensiva.
Ese patrón se repitió frente a Egipto, Suiza y nuevamente ante Inglaterra en semifinales. El equipo de Lionel Scaloni parece sentirse cómodo cuando el partido se rompe. No necesita dominar durante 90 minutos para encontrar el camino hacia la victoria.
La gran fortaleza argentina es precisamente esa: transformar el desorden en una oportunidad.
El renacer del “Toro”
Parte de esa transformación tiene nombre y apellido: Lautaro Martínez.
Durante años convivió con la sensación de quedar en deuda en los grandes torneos. En Catar 2022 perdió protagonismo, aunque tuvo el carácter suficiente para convertir el penal decisivo ante Países Bajos que mantuvo con vida el sueño argentino.
Este Mundial ha cambiado completamente esa percepción.
Su gol frente a Suiza en cuartos confirmó su crecimiento competitivo. El cabezazo del triunfo frente a Inglaterra terminó de consolidarlo como el delantero que Argentina esperaba desde hace tiempo.
El “Toro” llega a la final probablemente en el mejor momento emocional de toda su carrera con la selección.
Paredes volvió a ser indispensable
Otra diferencia importante respecto al Mundial anterior aparece en la mitad de la cancha.
Leandro Paredes, relegado a la suplencia tras el flojo inicio colectivo en Qatar 2022, volvió a convertirse en una pieza fundamental para Lionel Scaloni.
Hoy es quien organiza la salida, equilibra el mediocampo y libera tanto a Enzo Fernández como a Alexis Mac Allister para recibir en posiciones más peligrosas.
Su crecimiento explica buena parte del equilibrio que ha encontrado Argentina durante el torneo.
España juega exactamente el partido que quiere
Mientras Argentina vive de las emociones, España ha construido su camino desde el control absoluto.
Luis de la Fuente aseguró tras eliminar a Francia que su selección había sido la mejor del Mundial. Más allá de cualquier discusión, los hechos respaldan esa afirmación.
Portugal primero y Francia después intentaron cambiar el ritmo de los partidos, pero terminaron jugando bajo las condiciones impuestas por España.
La posesión, la presión tras pérdida y la disciplina táctica han permitido que prácticamente ningún rival consiga sacar al conjunto español de su libreto.
Esa capacidad para imponer su estilo es posiblemente la mayor virtud de los europeos.
Rodri manda y los Mikel responden
España juega al ritmo que marca Rodri.
El mediocampista administra los tiempos, decide cuándo acelerar y cuándo dormir el partido. Mientras él controle el centro del campo, España tendrá la iniciativa.
En ataque, el protagonismo ha estado mucho más repartido de lo esperado.
Mientras toda la atención se concentraba sobre Lamine Yamal, han sido Mikel Oyarzabal y Mikel Merino quienes han aportado buena parte de la producción ofensiva.
Eso demuestra que España no depende exclusivamente de una figura.
La defensa que recuerda a la España campeona
Las seis porterías en cero reflejan mucho más que el buen trabajo de los defensores.
España parece decidida a conquistar este Mundial de una forma muy parecida a como lo hizo Vicente del Bosque en Sudáfrica 2010.
No necesita golear.
Le basta con controlar el partido, reducir los espacios y ganar las batallas tácticas, como ocurrió en aquella inolvidable semifinal contra Alemania decidida por el cabezazo de Carles Puyol.
Esta España transmite sensaciones muy similares.
Messi está jugando el mejor Mundial de su carrera
Resulta difícil decirlo cuando se habla del hombre que levantó la Copa del Mundo en Qatar 2022. Sin embargo, los números y la influencia de Lionel Messi invitan a pensar que, a los 39 años, está disputando el mejor Mundial de toda su carrera.
Nadie imaginaba que, cuatro años después de tocar la gloria, el capitán argentino volvería a dominar un torneo de esta magnitud. No solo ha guiado a Argentina hasta una nueva final, sino que ha elevado su producción individual a niveles inéditos en una Copa del Mundo.
Llega al domingo con ocho goles y cuatro asistencias, cifras que lo convierten en el máximo goleador del torneo y lo sitúan nuevamente como el futbolista más determinante de la competición. A ello se suman 34 remates, 19 de ellos entre los tres palos, demostrando que sigue siendo el principal generador de peligro de la Albiceleste.
Pero el dato más revelador no aparece en las estadísticas.
Messi ha encontrado el equilibrio perfecto entre el talento y la experiencia. Ya no necesita intervenir en cada jugada para controlar un partido. Elige cuándo acelerar, cuándo pausar y cuándo aparecer. Corre menos, pero decide mucho más. Esa administración del esfuerzo le ha permitido llegar a la final ofreciendo un rendimiento extraordinario durante todo el torneo.
Más allá de lo que ocurra el domingo, Messi ya ha construido una candidatura muy sólida para conquistar su tercer Balón de Oro del Mundial y aspirar al noveno Balón de Oro de France Football. Si además consigue levantar una segunda Copa del Mundo consecutiva con Argentina, el debate sobre los premios individuales probablemente quedará reducido a un mero trámite.


