El terremoto dejó tres escenas en la costa de Azuero. En playa El Arenal, los lancheros esperan a los turistas que no terminan de llegar. En playa Venao, una red de voluntarios reparte comida y reúne donaciones para las familias afectadas. En isla Cañas, Erasto Domínguez observa cómo el agua alcanza su casa, algo que no había visto en sus 61 años de vida en la isla.
Más de dos semanas después del terremoto, la emergencia tiene tres rostros: una economía que necesita reactivarse, una comunidad que se organiza para ayudar y cientos de personas que aún no saben si podrán volver a casa.
Franklin Herrera, pescador y operador turístico, conoce los efectos de esa paralización. En Pedasí, donde el turismo sostiene a lancheros, hoteles, restaurantes, transportistas y pequeños comerciantes, la ausencia de visitantes se ha traducido en días sin ingresos.
El temor provocado por el terremoto y la información sobre sus consecuencias alejaron a los turistas de una zona que depende de ellos para mantener en movimiento su economía.
La economía, a paso lento
En playa El Arenal, Herrera comparte esa incertidumbre con decenas de compañeros. Entre 60 y 70 embarcaciones se dedican a transportar visitantes hacia isla Iguana, pero la actividad todavía está lejos de recuperar su ritmo.

En días de poca demanda podían realizarse entre siete y diez viajes diarios entre todas las embarcaciones. Durante los fines de semana, la cifra podía aumentar a entre 20 y 30. Ahora, algunos días no sale ninguna embarcación y otros apenas se completa un viaje.
La preocupación de Herrera va más allá de los ingresos de los lancheros. Si los visitantes no regresan, también se resienten los negocios que venden comida, frutas y otros productos, así como los hoteles y los conductores que trasladan a quienes llegan desde la capital.
El alcalde de Pedasí, Miguel Batista, sostiene que el distrito está preparado para recibir visitantes. Aunque reconoce el impacto económico del terremoto, afirma que la percepción de una zona destruida no corresponde con la situación general del distrito, donde las afectaciones materiales fueron limitadas en comparación con otros puntos de la península.
Pedasí ofrece más de 55 kilómetros de playas, además de oportunidades para la pesca, el surf y otras actividades al aire libre. Sin embargo, necesita que los turistas vuelvan a recorrerlas.
Isla Iguana
La reactivación también pasa por isla Iguana, uno de los principales atractivos naturales de la zona. Batista pidió al ministro de Ambiente, Juan Carlos Navarro, suspender durante seis meses el cobro de entrada al refugio de vida silvestre.
Actualmente, los visitantes extranjeros pagan $10 y los nacionales, $4. Según el alcalde, en 2025 ingresaron más de 21,000 personas, de las cuales el 40% eran extranjeras. A su juicio, los recursos recaudados deberían destinarse a mejorar la conservación del área y las instalaciones, en beneficio tanto de los visitantes como de las familias que viven del turismo.
Tarifas de entrada: $10 para extranjeros y $4 para nacionales.
Visitantes en 2025: más de 21,000 personas ingresaron a isla Iguana; el 40% eran extranjeras.
Dependencia económica: más de 80 familias viven directamente de los viajes turísticos a la isla.
Solicitud del alcalde: suspender temporalmente el cobro para reactivar el turismo.
El alcalde asegura que más de 80 familias dependen directamente de los viajes a isla Iguana. La solicitud de suspender temporalmente el cobro, explica, no implica oponerse a la tarifa, sino abrir una oportunidad para recuperar la actividad después de casi tres semanas con escasos visitantes.
La solidaridad
A pocos kilómetros, playa Venao, también en Pedasí, muestra otra respuesta a la emergencia. En un galpón convertido en centro de acopio, los voluntarios clasifican alimentos, productos de higiene, ropa y juguetes para distribuirlos entre las familias afectadas por el terremoto.
Sabrina Piña, colaboradora de SOS Chabad Venao, cuenta que la iniciativa surgió cuando la comunidad empezó a dimensionar los daños, no solo en la propia playa, sino también en los pueblos y caseríos de la península. Lo que comenzó como una respuesta espontánea creció hasta convertirse en una red de ayuda.
Las donaciones llegan desde distintos puntos, pero las necesidades persisten. Piña explica que las carpas y los toldos se deterioran con las lluvias y dejan de proteger a quienes llevan semanas durmiendo a la intemperie. Los colchones se mojan, los mosquitos dificultan el descanso y las familias necesitan reponer alimentos y artículos básicos de higiene.
Comida caliente
La ayuda también se traduce en comida caliente. Desde hace más de dos semanas, voluntarios y miembros de la comunidad mantienen una cocina que prepara entre 300 y 400 raciones diarias para los obreros y trabajadores de playa Venao.
Muchos de ellos proceden de las zonas golpeadas por el terremoto y, además de enfrentar los daños en sus hogares, han visto reducidos sus ingresos. La iniciativa busca garantizarles el almuerzo mientras intentan resolver las dificultades que el sismo dejó en sus familias.

Piña pide mantener las donaciones y sumar voluntarios para descargar camiones, clasificar productos y preparar la ayuda. También reclama que avance la reconstrucción de las viviendas. “Estamos para echarnos la mano”, resume al describir la respuesta solidaria que ha encontrado en la península.
La incertidumbre
En isla Cañas, la espera tiene otro peso. Erasto Domínguez Domínguez, de 61 años, ha vivido toda su vida en la isla y ahora permanece en un albergue junto a otros damnificados. Agradece que no les haya faltado comida durante estos días, pero la preocupación por el regreso a casa sigue presente. El problema no es solo cuándo podrán volver, sino también qué encontrarán cuando lo hagan.

Domínguez dice que el agua está llegando a lugares donde antes no alcanzaba. Recuerda que una marea de 11 pies ahora sube hasta donde anteriormente llegaba una de 16. El agua ha alcanzado su casa, algo que asegura no haber visto en sus 61 años de vida en la isla.
No sabe si el terreno de la isla descendió o si subió el nivel del mar. Lo que sí constata es el cambio que observa con cada marea. La incertidumbre persiste: no sabe si las condiciones permitirán que los residentes regresen o si tendrán que buscar otro lugar para vivir.

En el albergue, donde permanecen alrededor de 200 personas, se habilitan servicios para atender a los damnificados. Domínguez menciona la construcción de baños permanentes con tanque séptico, después de que inicialmente se utilizaran instalaciones portátiles.

Mientras reciben asistencia, los residentes esperan respuestas sobre su futuro. La comida y las donaciones ayudan a resolver las necesidades inmediatas, pero no responden la pregunta que los acompaña desde que salieron de sus hogares: ¿podrán volver a la isla?


