Las bolsas de comida salen de un estadio. El agua se carga en vehículos, las carpas se apilan y los funcionarios revisan listas antes de despachar los suministros. En Las Tablas, el estadio Roberto “Flaco Bala” Hernández se ha convertido en una estación de paso para la ayuda que llega a Los Santos después del terremoto del 9 de octubre.
Desde allí, los donativos emprenden un recorrido que no siempre termina en una carretera pavimentada. A veces, el último tramo hay que hacerlo a caballo, en un vehículo todoterreno, por aire o en una embarcación. Al final de ese trayecto hay familias que perdieron sus casas y todavía no saben cuándo podrán regresar.
La emergencia se mide en cifras, pero también en distancias. Alexis de León, jefe del Centro de Operaciones de la provincia de Los Santos, informó que hasta ese momento se habían evaluado 5,163 viviendas y contabilizado 15,500 personas afectadas.
De las casas inspeccionadas, 1,160 fueron clasificadas como totalmente colapsadas. Las demás presentaban daños parciales o leves.
El trayecto
El recorrido comienza mucho antes de que una bolsa de comida llegue a una comunidad. Los equipos identifican las zonas afectadas por el sismo, inspeccionan las estructuras y registran las necesidades. Tonosí, Macaracas y otros sectores de Los Santos quedaron entre los puntos críticos identificados tras el terremoto.
Las viviendas evaluadas reciben marcas para facilitar su identificación y clasificación. Los colores, sin embargo, no indican por sí solos la gravedad de los daños: durante los primeros días, los funcionarios utilizaron los aerosoles que tenían disponibles. Lo importante es el registro que acompaña a cada inmueble y permite dar seguimiento a su evaluación.

Desde el Centro de Operaciones de Emergencias (COE), esa información se convierte en instrucciones para movilizar recursos. Primero se revisa qué puede resolverse con los suministros disponibles en la provincia. Cuando no son suficientes, se coordina con el Centro Nacional de Emergencias.
La ayuda llega entonces al estadio de Las Tablas, donde comienza otra parte del trabajo: recibir, ordenar, contabilizar y distribuir. Allí confluyen donaciones gubernamentales, aportes de empresas privadas y recolectas organizadas por ciudadanos. La solidaridad llega por diferentes caminos; para que alcance a las familias, necesita una ruta.
La logística
Luis Vergara, funcionario del Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc) y encargado del centro de acopio, explica que la distribución se coordina con los representantes de corregimiento. “Son los que conocen más el área y conocen a las personas que fueron realmente afectadas”, dice.
Los representantes comunican las necesidades de sus comunidades y el centro despacha los suministros disponibles. Una parte de la ayuda viaja desde Las Tablas hacia los centros de acopio de Tonosí y Macaracas. Desde allí, los recursos se distribuyen entre los sectores que necesitan alimentos, agua y otros artículos de primera necesidad.
Hasta el 19 de octubre, el centro había distribuido unas 3,000 bolsas de comida. Vergara explicó que mantienen un control de las salidas para saber cuánto se envía a cada distrito. La cifra corresponde a los despachos de ese centro, no al total de la ayuda entregada en toda la provincia.
En una emergencia que se extiende por numerosos corregimientos, llevar la cuenta es parte de la operación. También lo es reconocer que la distribución no termina cuando un vehículo sale del estadio. Queda por delante el recorrido hasta las familias, muchas de ellas dispersas en lugares donde el acceso ya era difícil antes del terremoto.

La complejidad
Hay caminos que obligan a cambiar de transporte y comunidades a las que no se llega con un vehículo convencional. De León mencionó sectores de la frontera entre Tonosí y Veraguas, donde se necesitó apoyo marítimo de los estamentos de seguridad. En Boca Quema, los equipos recurrieron a caballos. En Macaracas, el ingreso a lugares como Bombachito y El Tallo exigió vehículos todoterreno y apoyo aéreo.
En esa cadena hay dos puestos de mando: uno en Macaracas y otro en Tonosí. La ayuda que sale del centro de acopio pasa por esos puntos antes de ser redistribuida entre las comunidades evaluadas.

En Tonosí, la operación tiene una preocupación adicional. Después del sismo se registraron deslizamientos en las cuencas de los ríos que desembocan en el Tonosí, por lo que los equipos mantienen la vigilancia ante posibles inundaciones. La misma región que necesita suministros puede enfrentar nuevas dificultades para recibirlos. La emergencia no permanece quieta mientras se organiza la respuesta.
Tampoco todas las familias necesitan lo mismo. Para algunas, la urgencia es conseguir comida y agua; para otras, tener un lugar donde pasar la noche. De León explicó que el COE coordina con el Ministerio de Salud, la Caja de Seguro Social, el Ministerio de Desarrollo Social y otras instituciones la atención de adultos mayores, personas con discapacidad, mujeres embarazadas y pacientes encamados.
En las viviendas totalmente colapsadas, se han distribuido carpas unifamiliares para quienes se quedaron sin techo. La ruta de la ayuda tiene que contemplar esas diferencias: no es igual atender a una familia que puede desplazarse que a otra cuyos integrantes necesitan atención médica o cuidados permanentes.

En el centro de acopio, mientras tanto, las solicitudes siguen cambiando. Los alimentos recibidos durante los primeros días permitieron atender buena parte de las demandas iniciales. No obstante, Vergara señaló tres necesidades que siguen pendientes: carpas, sillas de ruedas y catres.
Las lluvias complican la situación de quienes duermen bajo lonas, porque los colchones se mojan y descansar se convierte en otra dificultad. Los catres permiten mantenerlos separados del suelo y recogerlos para protegerlos del agua.
Las viviendas
La evaluación de las viviendas tampoco termina con una marca en la pared. Las réplicas pueden agravar daños que al principio parecían leves o parciales, por lo que los equipos prevén nuevas inspecciones. La segunda visita debe ayudar a determinar si una casa sigue siendo habitable, si alguna parte puede utilizarse o si sus ocupantes deben permanecer fuera.
En La Miel, corregimiento de Las Tablas, el terremoto dejó una pregunta que no cabe en los registros del centro de acopio. Anastasio González estaba sentado en un sillón cuando su hija salió a buscarlo, llorando, para decirle que la casa se había caído.
La vivienda, que había construido junto a su esposa después de solicitar un préstamo, quedó dañada por el movimiento de tierra. Pasó las dos primeras noches en la plaza con otros vecinos. Después se trasladó a la terraza de su hija.
“No sé, hasta que me hagan una casa, no sé qué vamos a hacer”, dice.
Nelly González tampoco estaba en su casa cuando ocurrió el sismo. Al regresar a La Miel, encontró la vivienda destruida y a los vecinos reunidos en la plaza. Desde entonces, su familia ha tenido que organizar los días entre la casa de una hermana, donde cocina y pasa parte del tiempo, y el portal de otra, donde duerme sobre una colchoneta.

Nelly ha recibido bolsas de comida, una carpa y atención médica. El personal de salud le ha revisado la presión arterial y le ha facilitado medicamentos. Sus compañeros de trabajo también han estado pendientes de ella. No habla de una ausencia total de ayuda. Al contrario, agradece a quienes han llegado desde Las Tablas, La Chorrera, Chiriquí y otros lugares.
Sin embargo, hay algo que no deja de ocupar sus pensamientos: la posibilidad de recuperar su casa. “Lo que nosotros queremos más que nada es que nos ayuden con la vivienda”, dice. Después pide que la gente no se olvide de las comunidades afectadas: “Que se recuerden siempre de nosotros ”.
En La Miel, la ruta de la ayuda ya ha dejado bolsas de comida, agua, carpas y medicamentos. Ahora, los residentes esperan que ese camino continúe hasta la reconstrucción de sus viviendas.


