Un recuerdo desagradable de este terremoto, que causó numerosos comentarios en contra del alcalde acusado, fue cuando José Raúl Mulino aseguró que un alcalde panameñista estuvo repartiendo bolsas con comida a sus copartidarios en el distrito de Mariato (Veraguas) tras el sismo. Luego, el aludido alcalde desmintió al presidente, pero el acusador siguió una vieja regla política: cuando se es presidente y se equivoca, no es necesario pedir una disculpa. El cargo viene blindado de esas estupideces.

Sin embargo, aunque esta vez se equivocó, Mulino tiene razón en algo: no está bien apropiarse de la cosa pública para sacarle provecho político o personal. Por eso no me explico cómo los diputados oficialistas, prooficialistas, sus admiradores o seguidores políticos fueron los primeros en repartir ayuda a los damnificados del terremoto. Los artículos llovieron en el distrito de La Pintada, procedentes del Despacho de la Primera Dama. Y allá fue a dar el contralor, como para hacer acto de presencia, pues ya no será el abanderado del desfile cívico en las patronales de La Pintada, previsto para este mes.

Tampoco me explico cómo se enteraron los diputados oficialistas y simpatizantes de la presencia del presidente en Penonomé, al que acompañaron en sus primeras visitas a la provincia. O cómo el expresidente de la Asamblea Nacional Jorge Herrera y su personal le sacaron provecho electorero a la ayuda que recibían para repartir a los afectados por el terremoto. De eso no dijo una sola palabra Mulino, pero aseguró que con el tema del terremoto “no se juega ni se hace politiquería”. Ya ni caso le hacen.

Tras estas actuaciones, la conclusión lógica sería que la politiquería no la deben hacer los otros. Eso está reservado únicamente para la gente del gobierno. ¿Y qué tal hacerla uno mismo, como cuando el presidente fue a inaugurar este viernes en Chiriquí un Centro de Oncología y Medicina Nuclear, y en la pared, al lado del letrero que identificaba la especialidad, se leía el nombre de su padre, un político que ocupó cargos en Chiriquí? O sea, es reprochable que el alcalde de Mariato beneficie –aunque no fue así– a sus copartidarios, pero no lo es si una obra pública es bautizada con el nombre del progenitor del gobernante de turno.

Quizás, para responder al cuestionamiento, el presidente lo justifique diciendo que, si no lo hace él, entonces quién. La respuesta respondería la interrogante de si el homenajeado en verdad merece –o no– el privilegio de ver inmortalizado su nombre. No lo conocí y no sé si es o no merecedor del homenaje, pero la lección es clara para mí: si Etelvina fuera la presidenta, ¿alguien sabe cuáles serían los apellidos de la Unachi al terminar su mandato?

Recuerdo cuando Mulino ordenó que su nombre fuera excluido de esas placas metálicas que se colocan en la inauguración de las obras públicas. En lugar de su nombre aparecería –y con justa razón– este mensaje: “Estas obras son gracias al esfuerzo de todos los panameños”. Su nombre no está, pero el eslogan de su gobierno –“Con paso firme”– sí puede estar por todos lados, hasta en las placas vehiculares. Pero no es su nombre, como tampoco es lo mismo reabrir la mina para cerrarla que abrirla a secas. Son dos cosas muy distintas.

Así que debo reconocer que cumplió su promesa –o presumo que lo hizo– de no poner su nombre en esas placas. Pero también admito que no dijo una palabra sobre poner el nombre de su papá en obras que se pagan con los impuestos de todos los ciudadanos. En vista de ello, está en libertad de hacerlo, pues, estrictamente hablando, no es su nombre, es el del padre.

La ventaja de Mulino es que ahora puede hacer toda clase de promesas, especialmente las que no tienen peso, las que son tan ligeras como plumas y tan insustanciales que el viento se las lleva hasta un hospital en Bugaba o a cada carro que circula en el país. Parece que nadie le cree, así que da lo mismo que cumpla o no. Y rescatar su credibilidad no es su prioridad.

Tan mal está él y tan mal está su gobierno que este viernes, comprando víveres para donar a los damnificados junto con compañeros del colegio, una desconocida se acercó y nos aconsejó: “Repartan las bolsas de comida ustedes mismos. No se las den a los políticos, porque se aprovechan de eso”. El terremoto los golpeó, pero las réplicas los están derrumbando.