Marco Antonio García estaba cocinando cuando la paila comenzó a moverse. Se había quitado la ropa de trabajo, se había puesto un pantalón corto y se disponía a preparar la comida en su casa de La Pitaloza, en Los Pozos de Herrera, cuando una pared se desplomó ante sus ojos. Corrió hacia afuera y se aferró a un árbol de guayaba.
La tierra se sacudía con tanta fuerza que tuvo que sujetarse para no caer. Cuando el ruido cesó, las paredes eran escombros y sus vecinos gritaban. Cuatro días después, García seguía sin techo y dormía bajo una lona, en el mismo lugar donde el terremoto comenzó a cambiar la vida de una región. Desde allí, en el epicentro, hasta Malena, en la costa de Mariato, Veraguas, la tierra dejó heridas distintas, pero una misma pregunta: ¿cuándo podrán sus habitantes volver a sentirse seguros?
En La Pitaloza, el terremoto no terminó cuando dejó de temblar. García todavía mide el paso de las horas por los movimientos que sacuden el suelo y los ruidos que interrumpen el descanso. Dice que los temblores posteriores se producen con intervalos de unas dos horas, aunque algunos se sienten con más fuerza que otros.

Una madrugada, alrededor de las 3:00 a. m., un vecino despertó sobresaltado y gritó. Dormía en una galera sostenida por pilares de cemento, pero el miedo lo hizo cambiar de lugar. En el campo, cualquier pared que permanece en pie puede convertirse en una amenaza.
La gente quiere limpiar, recoger lo que quedó y regresar a sus casas. Pero ¿cómo hacerlo si una nueva sacudida puede derribar lo que sobrevivió? García explica que ese temor mantiene a las familias alejadas de las estructuras dañadas.
No se trata solamente de las paredes caídas, sino también de las que conservan grietas y podrían ceder. La reconstrucción comienza con una decisión que nadie quiere tomar a ciegas: distinguir entre una vivienda que puede recuperarse y otra que representa un peligro.
El llanto
Clarivil Villamonte recuerda el llanto de los niños cuando la tierra comenzó a moverse. La familia intentaba salir de la casa mientras los árboles se sacudían y el suelo parecía perder estabilidad. Después descubrieron una grieta profunda detrás de la vivienda. La casa no se desplomó, pero la rajadura bastó para cambiar la relación de sus ocupantes con ella.
Ahora, unas once personas de la familia permanecen juntas en un lugar apartado. Han pasado noches mojándose y buscando dónde acomodarse. Tener todavía una casa no significa poder habitarla.
En La Pitaloza, el desastre también tiene una geografía doméstica: familias dispersas en las partes altas, caminos que separan a unos vecinos de otros y personas que deben desplazarse para conseguir alimentos. Villamonte pide agua, comida, colchones y artículos básicos.
Algunas familias reciben bolsas de ayuda y deben cargarlas hasta los lugares donde permanecen refugiadas. La electricidad tampoco ha regresado con la rapidez que esperaban. Según García, una pequeña planta les permite iluminarse durante la noche.
La ruptura del suelo
La ruta del desastre conduce hacia el sur, hasta Malena, en el distrito de Mariato, provincia de Veraguas. Allí, el paisaje costero ofrece otra versión de la misma sacudida. Los vecinos describen desniveles en el terreno y afectaciones en los cerros, cambios que les generan inquietud por las condiciones de sus viviendas y de su entorno.
Lo que en La Pitaloza se cuenta a través de paredes derrumbadas y árboles a los que hubo que aferrarse, en Malena también se manifiesta en la incertidumbre sobre el agua, el mar y la posibilidad de continuar con la pesca.

Samuel Fuentes advierte que una de las preocupaciones más urgentes es el abastecimiento de agua. Según relata, las afectaciones en los cerros y el colapso de las fuentes hídricas han comprometido el suministro de la comunidad. Los habitantes no saben cuánto tardarán en recuperarlo.
El agua, que suele llegar sin ocupar el centro de las conversaciones, se ha convertido en una preocupación diaria. Sin ella, cocinar, limpiar, atender a los niños y mantener unas condiciones mínimas de higiene resulta más difícil, justo cuando las familias necesitan recuperar fuerzas.
La pesca
Ever Pinto señala otro problema: la vida económica de Malena dependía, en gran medida, del mar. Calcula que alrededor del 90 % de los ingresos de los habitantes proviene de la pesca.
Después del terremoto, las alteraciones que perciben en el entorno costero y las dudas sobre la seguridad de salir a faenar han puesto ese sustento en suspenso. Si no pueden pescar, no pueden vender; si no venden, las familias dejan de recibir el dinero con el que compran alimentos y cubren sus necesidades. La emergencia amenaza con extenderse desde las viviendas hasta las mesas.
Según Pinto, hay personas que lo perdieron todo. Algunas conservan únicamente la ropa que llevaban puesta y el terreno donde se levantaba su casa. Pero ese pedazo de tierra ya no ofrece la seguridad que antes representaba.
Los desniveles observados generan dudas sobre la posibilidad de reconstruir en el mismo sitio. Reubicarse, sin embargo, tampoco es una salida sencilla para familias con pocos recursos y una vida arraigada a la comunidad. Antes de levantar nuevas paredes, necesitan saber dónde es seguro hacerlo y con qué recursos podrán empezar de nuevo.

En Malena, los vecinos han organizado un centro de acopio y distribuyen las donaciones según las necesidades. Pinto sostiene que, hasta el momento de la entrevista, no habían recibido ayuda del Gobierno y que la supervivencia dependía de las donaciones de empresas privadas y particulares.
Raciones de alimentos
La comunidad raciona los alimentos porque desconoce cuánto durará la crisis. Las donaciones alivian las urgencias, pero no resuelven las preguntas sobre el agua, la seguridad de las viviendas ni la continuidad de la pesca. Cada jornada obliga a administrar lo poco que hay, sin saber cuándo llegará lo siguiente.

Entre La Pitaloza y Malena existe una conexión que no necesita exageraciones para resultar inquietante. En un extremo, las familias temen que sus casas se desplomen durante una réplica; en el otro, los habitantes observan cambios en el terreno y esperan respuestas sobre las fuentes de agua y las condiciones de la costa.
Al caer la noche, La Pitaloza vuelve a quedar a oscuras, salvo por las luces que consigue encender la comunidad. García sigue pendiente de los temblores y de las paredes que no se atreve a limpiar. En Malena, los vecinos organizan los alimentos y calculan cuánto pueden repartir mientras esperan que vuelva el agua y sea posible retomar la pesca.
Entre el epicentro en Herrera y las afectaciones registradas en Veraguas, el terremoto ha dejado más que daños materiales: ha interrumpido la confianza en las casas, en el terreno y en la posibilidad de ganarse la vida al día siguiente. La tierra se movió en segundos. Para quienes quedaron expuestos, volver a levantarse será una tarea mucho más larga.


