Vivimos en una época en la que ya casi nadie cree en brujas, hechizos, maleficios, fantasmas ni supersticiones.

Somos gente moderna.

Tenemos inteligencia artificial, carros que se estacionan solos, relojes que cuentan nuestros pasos, teléfonos que saben dónde estamos y aparatos que hasta nos recuerdan que llevamos tres horas sentados sin mover el trasero.

Pero hay algo que la tecnología todavía no ha podido eliminar: el miedo a la mala suerte.

Porque uno puede decir muy serio:

—Yo no creo en esas cosas.

Pero que aparezca un gato negro cruzando la calle y veremos cómo ese mismo racionalista empieza a manejar como si estuviera huyendo del mismísimo Lucifer.

—¡No seas supersticioso!

—Yo no soy supersticioso.

—Entonces, ¿por qué no pasaste debajo de la escalera?

—Porque… porque había un balde de pintura.

¡Claro!

Y si el balde estuviera al otro lado, uno se quedaría parado esperando que lo retiraran. Todo por seguridad… de la pintura.

Tenemos una frase maravillosa para justificar nuestras contradicciones:

“Las brujas no existen, pero de que las hay, las hay”.

Es decir:

“Yo no creo, pero tampoco me voy a arriesgar”.

Es la versión espiritual de:

“Yo no creo en los seguros, pero tengo tres”.

Y los amuletos son otra maravilla: herraduras, ojos turcos, pulseras rojas, tréboles de cuatro hojas, patas de conejo, calaveras, medallitas, piedras de colores o de formas extrañas, monedas, colmillos, cuernos, ranas, serpientes, búhos y mil cosas más.

Y siempre aparece alguien que dice:

—Esa piedra me la regalaron. Tiene una energía increíble.

¿Energía?

¡Hermano, eso es una piedra!

Pero uno se queda callado.

Porque si después se enferma, pierde el trabajo o se le daña el carro, no vaya a ser que la piedra se ofenda.

Y hay gente que tiene tantos amuletos que parece que va a salir de safari al Amazonas.

Los carga en el cuello, en la muñeca, en la cartera, en el carro y hasta debajo de la almohada.

Uno entra a su casa y parece que está entrando a un santuario.

Y lo más curioso es que muchas veces ni siquiera sabemos exactamente qué significa el amuleto.

—¿Y eso qué hace?

—Eso protege.

—¿De qué?

—De todo.

¡Ah, bueno!

Un amuleto todoterreno.

Protege de la envidia, del mal de ojo, de la mala suerte, de los malos pensamientos, de las malas energías…

Lo único que todavía no sabemos es si protege de la factura de la luz.

También están las supersticiones familiares.

La abuela decía:

—No pongas el bolso en el piso porque se te va la plata.

Y uno, obediente, levantaba inmediatamente el bolso.

Pero nadie explicó jamás por qué el dinero que está dentro del bolso sabe que el bolso está en el piso.

También decían:

—No abras un paraguas dentro de la casa.

¿Y qué culpa tiene el paraguas?

Si está lloviendo adentro, ¿qué hacemos? ¿Lo dejamos cerrado?

—No barras de noche porque estás botando la suerte.

Entonces uno piensa:

“Perfecto. La suerte se puede barrer, pero el polvo no”.

Y ni hablar del espejo roto.

Siete años de mala suerte.

Siete años.

¿Quién hizo el cálculo?

¿Había un comité internacional de supersticiones?

¿Se reunieron unos señores y dijeron:

—Por romper un espejo: siete años.

—¿Y si rompe dos?

—¡Catorce!

Lo más divertido es que todos conocemos a alguien que dice no creer en nada de esto… pero tiene sus propias mañas.

Hay quien siempre entra a un lugar con el pie derecho.

Hay quien toca madera.

Hay quien no pronuncia ciertas palabras antes de un viaje.

Hay quien nunca regresa por lo que olvidó.

Hay quien, si algo se le cae tres veces, ya cree que el universo le está mandando un mensaje.

Y está el clásico:

—¡No digas eso, que lo salas!

¿Lo salas?

¿Quién está cocinando aquí?

Porque si yo digo:

“Este año sí me está yendo bien”,

inmediatamente alguien responde:

—¡Calla! No lo digas.

Y uno se queda pensando:

¿Será que la felicidad también tiene micrófono y nos está escuchando?

Quizás por eso seguimos creyendo en estas cosas.

No porque seamos ignorantes.

Sino porque somos humanos.

Nos gusta pensar que tenemos una pequeña ayuda invisible cuando la vida se pone difícil.

Y si una pulsera roja nos hace sentir protegidos, pues nos la ponemos.

Si una medallita nos tranquiliza, la llevamos.

Si tocar madera nos da confianza, tocamos la mesa.

Eso sí…

Que nadie nos vea cruzando una calle después de que un gato negro nos pasó por delante.

Porque ahí sí se acaba la ciencia, la tecnología, la inteligencia artificial y todo lo demás.

Uno frena, mira para los lados y piensa:

“Las brujas no existen… pero tampoco es cuestión de ponerse a hacer experimentos”.

El autor es ingeniero retirado.