Las imágenes y los testimonios que nos llegan a través de los medios de comunicación nos colocan frente a una realidad dolorosa: cientos de viviendas, levantadas con tanto esfuerzo, así como escuelas y templos donde nuestras comunidades encontraban refugio espiritual, se han venido abajo tras el reciente sismo de magnitud 7.5. Ver a tantas familias perder el fruto de años de trabajo sacude la tranquilidad de cualquiera. Sin embargo, en medio de esta adversidad, ha emergido con fuerza lo mejor de nuestra gente: un pueblo panameño unido en un solo esfuerzo para tender la mano a quienes hoy lo han perdido todo.
Ante esta situación, hacemos un llamado respetuoso, pero enérgico, a toda la comunidad educativa, a las autoridades nacionales, a los directores regionales, al personal administrativo, a los docentes y a los padres de familia: el retorno a clases no puede encararse con una prisa academicista ni como un simple trámite administrativo. La prioridad debe ser la seguridad física y el apoyo emocional.
En el aspecto estructural, es imperativo que las autoridades locales y regionales garanticen que cada plantel sea evaluado minuciosamente por personal técnico idóneo. El retorno debe contar con una certificación profesional de que las instalaciones son seguras y de que se han realizado las reparaciones que determine la evaluación técnica. Esto permitirá reducir los riesgos y devolver la confianza a las familias.
En el plano psicológico, nos está tocando vivir de cerca una realidad preocupante: los estudiantes de preescolar y primaria se encuentran en una situación de especial vulnerabilidad. Muchos niños y niñas están manifestando temores profundos, inseguridades y ansiedad ante la persistencia de las réplicas. Por ello, antes de abrir cuadernos o dictar contenidos curriculares, la comunidad escolar debe articular tres prioridades de acompañamiento en el aula.
1. Un espacio inicial de gratitud y conexión
Comenzar el reencuentro con un momento sincero de gratitud. Respetando las creencias de cada persona, este ejercicio puede unir al grupo, fortalecer la capacidad de sobreponerse y ayudar a asimilar el alivio de estar con vida y volver a encontrarnos. Puede ser un punto de apoyo afectivo para recuperar la sensación de seguridad comunitaria.
2. Acompañamiento según la edad y prudencia ante las redes sociales
El impacto emocional exige respuestas diferenciadas, especialmente frente a la sobreexposición a las plataformas digitales.
En educación inicial y primaria, los más pequeños pueden tener dificultades para procesar imágenes impactantes o bulos alarmistas que circulan en internet. A los docentes, directivos y familiares nos corresponde protegerlos de esa saturación, hablarles con calma y acompañarlos mediante el juego, el dibujo, el afecto y la conversación tranquilizadora.
En premedia, media y universidad, corresponde promover el pensamiento crítico sobre el uso de las redes. Es urgente enseñar a los jóvenes a verificar la información, evitar compartir contenidos falsos o sensacionalistas que siembren pánico y consultar fuentes confiables, incluidas las oficiales. Aprender a informarse bien también contribuye al bienestar emocional.
3. La juventud en acción: vocación, empatía y prudencia
Frente a la idea equivocada de que la juventud es apática, la realidad nos ha demostrado todo lo contrario. Ha sido profundamente conmovedor ver cómo la comunidad estudiantil de todo el país ha dicho “presente”. Deseo destacar el esfuerzo conjunto de las casas de estudios oficiales y particulares: la Universidad de Panamá, con un reconocimiento muy especial a los estudiantes de la Facultad de Psicología; la Universidad Tecnológica de Panamá (UTP); la Universidad Especializada de las Américas (Udelas); la Universidad Autónoma de Chiriquí (Unachi), que se ha solidarizado desde el occidente del país; la Universidad Marítima Internacional de Panamá (UMIP); la Universidad Católica Santa María la Antigua (USMA), y la Universidad del Istmo, entre otras.
Como coordinador de Servicio Social Universitario, he sido testigo directo de estudiantes que se nos acercan motivados a organizar giras a las comunidades afectadas para brindar contención psicológica y entregar donaciones. Si bien la prudencia y las limitaciones de cobertura de los seguros ante catástrofes nos obligan, por su propia seguridad, a canalizar esa energía a través de los centros de acopio institucionales y regionales, ese ímpetu de empatía deja muy en alto el valor humano de nuestras aulas.
Nuestra primera lección al regresar al aula no estará escrita en un tablero ni en un libro de texto. Estará en la capacidad de mirar a los ojos a nuestros alumnos, escuchar sus temores, enseñar a la comunidad a filtrar el ruido alarmista y canalizar el dolor hacia la solidaridad organizada. Sanar emocionalmente y asegurar los espacios son los verdaderos cimientos para que cualquier aprendizaje vuelva a tener sentido.
El autor es psicólogo y docente universitario.


