Hay películas que deslumbran por el despliegue de su tecnología. Otras, en cambio, recuerdan que el cine sigue siendo, antes que nada, el arte de contar historias. La Odisea, de Christopher Nolan, pertenece a este segundo grupo.
Resulta refrescante descubrir una producción que apuesta por escenarios reales, efectos prácticos y una puesta en escena que devuelve corporeidad y textura a la fantasía. El cíclope, por ejemplo, impresiona por esa cualidad que el CGI rara vez alcanza: la sensación de coexistir de manera natural con Odiseo y su tripulación, convirtiéndolo en un ser aparentemente real. Lo mismo ocurre con la secuencia de los gigantes, construida mediante juegos de perspectiva, o con la transformación de los marineros en cerdos, resuelta con cabezas animatrónicas.
Debo decir que no me incomoda que Nolan se haya permitido licencias frente al poema de Homero. Adaptar no es copiar, sino dialogar con una obra para que vuelva a respirar en otra época. Hay cambios, omisiones y reinterpretaciones, pero permanece intacto el anhelo de un hombre por regresar a su hogar.
Odiseo rechaza la inmortalidad que le ofrece Calipso porque comprende que la eternidad pierde sentido cuando no puede compartirse con quienes ama. Prefiere envejecer junto a Penélope antes que existir en soledad.
Vivimos en un sistema que nos ha enseñado a ponerle precio a casi todo, incluso a aquello que jamás podrá tasarse.
Pienso en Boca La Caja. Cada cierto tiempo reaparecen propuestas que hablan de “revitalización urbana”, casi siempre concebidas sin la voz de quienes han hecho su vida allí durante generaciones. Desde fuera, la resistencia de la comunidad suele interpretarse como un asunto económico. Pero esa lectura desconoce una verdad profunda: una casa nunca es solamente un terreno.
Una casa es la esquina donde los vecinos todavía recuerdan nuestros nombres. Son las conversaciones que sobreviven alrededor de una mesa de comedor. Es el mapa invisible de los afectos. ¿Cómo calcular el valor de una infancia o de esas vivencias?
Mientras veía a Odiseo desafiar el mar para regresar a Ítaca, comprendía que hay lugares cuyo valor nunca podrá expresarse en dinero.
La misma idea atraviesa Historias del Canal, de Marixa Lasso. Su obra demuestra que la construcción del Canal desplazó comunidades enteras, inundó pueblos y obligó a decenas de personas a comenzar de nuevo en lugares donde el arraigo nunca volvió a florecer de la misma manera. No se trataba únicamente de trasladar viviendas. Era el desarraigo de formas de entender el mundo.
Algunas comunidades cuya vida giraba alrededor del mar fueron reubicadas tierra adentro. Otras perdieron los caminos, los cementerios familiares y los sitios donde descansaba la memoria colectiva.
Lo extraordinario de La Odisea no es que Odiseo sobreviva a monstruos y tempestades. Es que nunca deja de orientarse hacia Ítaca. Toda la epopeya está gobernada por la certeza de que el hogar no puede sustituirse. Puede perderse, puede añorarse e incluso puede quedar irreconocible, pero nunca deja de ser el lugar al que se desea volver.
Quizás por eso la película de Nolan resulta tan vigente. Más allá de sus imágenes, nos recuerda que el hogar nunca ha sido solo un lugar físico. Es una suma de recuerdos, afectos y pertenencias que ninguna oferta económica, ninguna empresa ni ningún exilio logran reemplazar por completo.
Porque, al final, todos estamos intentando volver a alguna Ítaca. No para recuperar una casa, sino para reencontrarnos con aquello que le dio sentido a nuestra vida. Aunque ese lugar ya no exista, aunque haya cambiado para siempre o aunque solo sobreviva en nuestra memoria.
El autor es abogado.


