Hay algo profundamente paradójico en la política panameña: durante años se habló de darle más poder al ciudadano y permitir que personas sin el respaldo de una maquinaria partidista pudieran competir. Cuando algunos independientes demostraron que era posible hacerlo, comenzaron a cambiar las reglas del juego. Vamos nació precisamente de esa necesidad. En 2024, los panameños demostraron que querían algo diferente. Candidatos de libre postulación lograron conquistar espacios importantes en la Asamblea Nacional sin depender de las estructuras tradicionales de los partidos. No fue solamente un resultado electoral. Fue un mensaje contundente: el ciudadano quería nuevas opciones.

En la Comisión de Reformas Electorales, la partidocracia clientelista aprobó un paquete de propuestas que eliminaban las opciones de competir para la libre postulación. El Tribunal Electoral, al presentar su propuesta de reformas ante la Asamblea Nacional de Diputados, eliminó del proyecto todas las propuestas que imponían restricciones a la libre postulación, pero lo que se apruebe siempre dependerá de la voluntad del clientelismo partidista que por décadas se ha enquistado en el poder. Por eso, la discusión sobre las condiciones en que competirán los independientes está lejos de haber terminado.

Vamos ha tomado una decisión que puede parecer contradictoria: convertirse en partido político. Pero la verdadera contradicción no está en la Coalición. Vamos no se rindió: decidió entrar al terreno donde quieren obligarlo a competir.

Quizá esté en un sistema que habla de ampliar la participación ciudadana mientras el statu quo clientelista establece condiciones que pueden hacer cada vez más difícil competir fuera de las estructuras partidarias.

¿Qué alternativa le queda a un movimiento que nació de la democracia?

¿Quedarse fuera, aferrado a una identidad independiente que podría terminar dejándolo sin capacidad real de competir?

¿O entrar al sistema para tener las mismas herramientas y, desde allí, intentar cambiarlo?

Vamos escogió la segunda opción. Y no es una decisión cómoda. Convertirse en partido implica riesgos. El primero es que quienes confiaron en Vamos puedan preguntarse si el movimiento está abandonando sus principios. La respuesta tendrá que darse con hechos. Porque convertirse en partido no puede significar convertirse en “otro partido más”. Si Vamos termina reproduciendo el clientelismo, las imposiciones y las estructuras cerradas que durante años han generado desconfianza, habrá perdido la razón fundamental por la que nació.

Pero si logra construir una organización transparente, democrática, abierta a sus bases y capaz de seleccionar candidatos por mérito y compromiso, entonces la transformación tendrá otro significado: ser partido no es una derrota de la independencia. Es la estrategia que toca implementar para defenderla.

Hay quienes dirán que Vamos está entrando al sistema que criticó. Yo prefiero hacer otra pregunta: ¿qué es más útil para Panamá, permanecer fuera observando cómo otros deciden las reglas o entrar al juego partidista con la intención de cambiarlo?

La política no se transforma desde las graderías. Para cambiar leyes hay que tener diputados. Para transformar instituciones hay que tener representación. Para modificar las reglas del juego hay que tener fuerza política.

Y precisamente allí está el desafío. Vamos no puede pedirle al ciudadano que confíe simplemente porque alguna vez fue una coalición de independientes. Tendrá que ganarse nuevamente esa confianza. Tendrá que demostrar que sus dirigentes no buscan una plataforma personal, que sus estructuras no serán utilizadas para repartir puestos y que sus candidatos responderán a los ciudadanos, no al pequeño grupo de una cúpula.

Y tendrá que demostrar algo todavía más importante: que puede tener poder sin arrimarse al poder, porque ese ha sido uno de los grandes problemas de nuestra política.

Vamos tiene ahora la oportunidad de demostrar que puede ser diferente. No porque se convierta en partido, sino porque puede demostrar que un partido también puede hacerse de otra manera.

La democracia no se fortalece eliminando opciones. Se fortalece ampliándolas.

Por eso, la transformación de Vamos debe verse más allá de sus propias filas. Es también una discusión sobre qué clase de democracia queremos construir. Vamos decidió entrar al terreno donde quieren obligarlo a competir. Ahora tendrá que demostrar que puede jugar con las reglas del sistema sin convertirse en aquello contra lo que nació. Porque la verdadera independencia no consiste en estar fuera. Consiste en entrar, tener la oportunidad de cambiar las cosas y, aun teniendo poder, no olvidar por qué se entró: la buena política sí es posible.

El autor es diputado de la República y subjefe de la bancada Vamos.