En septiembre, Panamá y nuestro presidente tendrán un escenario privilegiado para hacerse escuchar: la Asamblea General de las Naciones Unidas en Nueva York.

Mi consejo al presidente Mulino sería que aproveche ese escenario para hacer algo diferente. Que no limite su participación al protocolar discurso aburrido que pocos escuchan. Que aproveche la ocasión para que Panamá sea protagonista de una conversación que apenas comienza, pero que va a determinar el futuro de la humanidad: la inteligencia artificial.

La discusión ya comenzó en Naciones Unidas. La Asamblea General ha creado un Panel Científico Internacional sobre Inteligencia Artificial y un Diálogo Global sobre Gobernanza de la IA. Es decir, el mundo ya está comenzando a discutir no solamente cómo desarrollar esta tecnología, sino también cómo gobernarla y bajo qué reglas deberá funcionar.

Es precisamente ahí donde Panamá puede encontrar un espacio para propiciar un diálogo que va a destiempo con respecto al vertiginoso desarrollo de la IA. Panamá podría tomar la iniciativa de convocar a otros países pequeños, países en desarrollo y economías emergentes para construir una posición común frente a los desafíos y riesgos que plantea la inteligencia artificial avanzada.

La discusión está siendo dominada por los países y las empresas que tienen los recursos para desarrollar los modelos más sofisticados. Pero las consecuencias de esa revolución no se quedarán en Shenzhen, Beijing, Palo Alto o Washington, D. C.; afectarán a trabajadores, empresas, gobiernos y sociedades de todo el mundo.

Los países que hoy no tienen la capacidad para desarrollar esta tecnología serán sus usuarios y tendrán que vivir con sus consecuencias. La inteligencia artificial puede convertirse en una de las herramientas más poderosas para cerrar las brechas de desarrollo. Puede democratizar el conocimiento, transformar la educación y la medicina, aumentar la productividad y permitir que países pequeños tengan acceso a capacidades que antes estaban reservadas a las grandes economías.

Pero también puede producir exactamente lo contrario. Si el conocimiento, los modelos, los centros de datos y la capacidad de cómputo quedan concentrados en unas pocas empresas y países, la inteligencia artificial podría convertirse en un extraordinario mecanismo de concentración de riqueza y poder. Ni hablar de los retos de gobernabilidad democrática que esto supone y de la necesidad de iniciar una discusión sobre un nuevo contrato social.

Hoy, en esta aldea global, debemos preguntarnos: ¿quién establecerá las reglas? ¿Quién verificará que esos sistemas sean seguros? ¿Quién tendrá capacidad para supervisarlos? ¿Quién podrá detenerlos ante un riesgo grave? Y, adicionalmente, hay una pregunta particularmente importante para Panamá: ¿quién representará a los países que no tienen la capacidad tecnológica para desarrollar esos sistemas?

Ahí es donde Panamá puede aportar algo que las grandes potencias tecnológicas no necesariamente pueden. No necesitamos competir con Estados Unidos, China o Europa en inteligencia artificial. Necesitamos hacer algo diferente: ejercer liderazgo diplomático para poner sobre la mesa la perspectiva de los países usuarios de esta tecnología y que también tendrán que vivir con sus consecuencias.

Panamá podría convocar en Nueva York a un grupo de países para promover una iniciativa internacional sobre inteligencia artificial avanzada. Una iniciativa que busque garantizar que los países en desarrollo tengan voz en la definición de las reglas; promover estándares internacionales de seguridad; facilitar el acceso a infraestructura, conocimiento y herramientas de inteligencia artificial; y comenzar a discutir, desde ahora, cómo debería responder la comunidad internacional ante sistemas que alcancen capacidades extraordinarias.

No se trata de frenar la innovación. Se trata de asegurarnos de que la innovación no termine creando una nueva división entre los países que controlan la tecnología y aquellos que simplemente dependen de ella. Panamá tiene experiencia en entender que un país pequeño puede tener una influencia internacional mucho mayor que su tamaño. El Canal de Panamá es la mejor demostración. Nuestra posición geográfica y el talento de los panameños nos convirtieron en un punto de encuentro del comercio mundial. Hoy tenemos la oportunidad de convertir nuestra posición diplomática en un punto de encuentro para una conversación que afectará a todo el planeta.

Presidente Mulino, mi sugerencia para su próximo viaje a Nueva York es sencilla: no vaya solamente a pronunciar otro discurso. Háblele al mundo sobre lo que viene. Hable de cómo el liderazgo de Panamá puede ayudar a construir un mundo en el que la inteligencia artificial no nos divida, sino que nos una; en el que el progreso tecnológico no sea privilegio de unos pocos países, sino una herramienta para cerrar las brechas que todavía separan a las naciones; y en el que ningún país, por pequeño que sea, quede condenado a ser simplemente espectador del futuro.

Por eso tenemos la oportunidad de que, en la próxima Asamblea General de las Naciones Unidas, Panamá no solo vaya a escuchar cómo otros imaginan el futuro, sino a proponer cómo podemos construirlo juntos. Ese sería un liderazgo digno: demostrar, una vez más, que el tamaño de un país no determina el tamaño de sus ideas ni el alcance de su voz.

El autor es abogado y excandidato presidencial por la libre postulación.