La lección más importante del temblor es que todo puede cambiar en un instante, que nada es nuestro. Lo súbito y terrible acecha desde la naturaleza hasta la política: no podemos dar nada por sentado, como tampoco podemos dejar de estar atentos a cómo afrontará esta urgencia nacional el gobierno de turno.

Repuestos del susto, toca atender a los afectados sin dejar de preguntar por la necesidad de pedir fondos a entidades internacionales para la reconstrucción de las zonas afectadas, como si no tuviéramos nuestros propios recursos para solventarla. La prueba de estrés la han pasado las infraestructuras; ¿la pasarán nuestras instituciones?

El día después es un día para reflexionar sobre la necesidad de atender de forma integral y efectiva la salud mental, la reparación de los daños materiales y la gestión de las necesidades que se han derivado de la catástrofe. Esperemos que no tarden tanto como con los damnificados de Calidonia.

Bravo por los arquitectos, ingenieros y demás profesionales que han diseñado y ejecutado, de la mano de constructores y albañiles, unas obras estructurales que han soportado la prueba: son la constatación de que lo que bien se hace resiste y de que la excelencia en el trabajo salva vidas.

Lo que ha ocurrido no es un milagro, sino una suma de detalles que han contribuido a que la catástrofe no fuese mayor. El milagro será que los que gobiernan no dejen en la calle a los que más están sufriendo con este seísmo, pues dejarlos así suele ser la tónica habitual que ninguna divinidad ha podido cambiar.

Y no lo olviden: Dios no es panameño; no sean sacrílegos. Demos gracias de que, por esta vez, las circunstancias nos hayan sido favorables, quizás con el propósito de que hagamos balance para que, en la próxima ocasión, si el temblor es más fuerte, nuestro país esté de verdad preparado, más allá de la nacionalidad del Todopoderoso.

El autor es escritor.