Monseñor José Domingo Ulloa, agustino recoleto, habla con la gravedad de quien sabe que la corrupción no es una palabra de homilía, sino una máquina que tritura vidas. Lo dice sin incienso retórico: «La corrupción roba el pan del pobre y le roba el futuro al país, especialmente a nuestra niñez», recalca el arzobispo metropolitano, quien acompaña al pueblo comiendo atún (tuna) enlatado.
Y mientras el obispo habla de una tragedia, Molinete y Chacaramán se desternillan de risa. Hasta trastabillarse en el piso, como si los azotara el ciclón Durán.
¿Qué les provoca la carcajada? Sería tramposo atribuirles una intención que no conocemos. Pero tampoco hay que ser ciego para percibir el contraste: el pastor habla de las heridas del país y quienes están en el poder encuentran gracia en el bisturí. Ni que Molière. La risa, en ese contexto, no refuta una sola palabra. No responde al argumento. No desmiente la denuncia. La convierte en espectáculo.
Ese es el extremo inquietante. El poder puede contestar a un obispo con cifras, razones, documentos y hechos. Demostrarle que se equivoca. Defenderse. La risa es un escudo magnífico: permite esquivar una pregunta sin contestarla.
La escena sería apenas grotesca si terminara allí. Entra en escena otro agustino recoleto, Rafael Ochogavía, obispo de Colón-Guna Yala, y el género cambia. Ya no es la carcajada frente al sermón. Es la presión frente al religioso que incomoda.
Ochogavía ha levantado su voz en defensa de la tierra, del agua y de las comunidades ante el conflicto minero. Y entonces entra en escena First Quantum, la poderosa multinacional. Una empresa puede discrepar de un obispo. Discutir sus argumentos. Defender su proyecto. Lo extraño empieza cuando el desacuerdo se transforma en expediente y el expediente busca rumbo hasta Roma para cuestionar la voz de un religioso.
Ahí la historia se vuelve casi medieval, salvo por un detalle: la Inquisición tenía sotanas; este nuevo Santo Oficio tiene abogados, departamentos corporativos y aire acondicionado.
Es la excomunión al revés.
Antes, el poder religioso podía perseguir al disidente. Ahora imaginemos al poder económico intentando decirle a la Iglesia qué debe hacer con un religioso porque su prédica afecta intereses corporativos. El capital con complejo de cardenal. La multinacional redactando su propia bula.
Y las dos escenas terminan uniéndose.
A Ulloa le responden con risa.
A Ochogavía, con presión.
Uno habla de corrupción y el poder, que lo sostiene y amamanta, encuentra gracia. El otro habla de tierra y comunidades y el poder económico busca la manera de llevarlo ante una autoridad superior.
Primero la palabra provoca carcajadas. Después provoca expedientes.
Eso debería preocupar más que la anécdota.
Porque la democracia no se enferma solo cuando alguien roba. También se enferma cuando el poder pierde la capacidad de escuchar una crítica sin burlarse de ella o de tolerar una voz incómoda sin intentar silenciarla. Para ellos, la democracia es un detalle.
Ambos obispos pertenecen a la tradición agustino-recoleta. Una tradición que no puede confundirse con una franquicia de complacencia.
El problema, entonces, no es que los obispos hablen.
El problema es que algunos poderosos se han acostumbrado tanto a que nadie les contradiga que ya confunden la verdad con una insolencia.
Y cuando eso ocurre, la carcajada deja de ser una carcajada.
Se convierte en síntoma.
Y el expediente deja de ser un expediente.
Se convierte en retrato. Retrato de espanto.
El retrato de un poder que, cuando escucha una voz incómoda, primero se ríe.
Y si la voz no se calla, busca quién pueda callarla.
El autor es filólogo y periodista.


