Hay una pregunta que llega a mi consultorio con más frecuencia de la que quisiera, casi siempre después de una muerte reciente en la comunidad o de un aniversario silencioso que alguien decide finalmente romper: ¿debo hablar de esto con mis hijos o es mejor guardar silencio? Detrás de la pregunta están usualmente los mismos miedos: el temor a que nombrar el suicidio sea, de alguna manera, invitarlo, y a afectar de manera negativa a los hijos con la información.
Entiendo esos miedos, pero después de años trabajando en suicidología, puedo decir, basada en la evidencia, que esos miedos, aunque bienintencionados, no están fundamentados. Y sostenerlos tiene un costo que solemos subestimar.
Hablar del suicidio con niños y adolescentes no es una opción entre varias igual de válidas; es una necesidad. Los jóvenes de hoy están expuestos al tema, lo queramos o no, por una noticia, una canción, un comentario en el colegio o un contenido en redes sociales. La pregunta real nunca es si se van a enterar, sino desde qué fuente lo van a procesar: la nuestra, con contexto, cuidado y verdad, o una ajena, sin filtro ni acompañamiento.
¿Cómo sabemos que hablar no hace daño? La investigación en suicidología, como los estudios de Madelyn Gould y su equipo con población adolescente, ha evaluado específicamente si preguntar sobre pensamientos suicidas incrementa el malestar o la ideación. La respuesta, replicada consistentemente, es no. Preguntar de forma directa y calmada no planta la idea; en muchos casos, produce alivio, porque le da a quien sufre en silencio la posibilidad de ser visto.
La evidencia apunta en una dirección clara: el estigma y el silencio se asocian con más sufrimiento no tratado, no con menos. Los estudios de postvención en escuelas muestran que las comunidades que abordan una muerte por suicidio con protocolos claros, sin sensacionalismo, sin detalles del método y con mensajes sobre la ayuda disponible, presentan menor riesgo de contagio que aquellas que evitan el tema o lo tratan con opacidad.
El silencio no es neutral, aunque lo sintamos así. Cuando evitamos el tema, el mensaje implícito que recibe un niño o adolescente es que se trata de algo innombrable, vergonzoso, quizás peligroso de solo mencionar. Y si alguna vez él mismo llega a tener pensamientos similares, ese silencio previo le enseñó que ese no es un tema del que se habla en casa. El costo del silencio no se ve inmediatamente; se observa después, cuando ya es más difícil pedir ayuda.
Con niños pequeños, entre 7 y 8 años, el lenguaje debe ser concreto y honesto, evitando metáforas que generan confusión, como decir que la persona “se durmió”. Es preferible explicar que la persona tenía una enfermedad en su mente que le causaba mucho dolor y que esa enfermedad, sin tratamiento, a veces lleva a la muerte. Con adolescentes, la conversación puede y debe ser más directa: se puede nombrar el suicidio explícitamente, preguntar cómo se sienten ellos mismos frente al tema y validar sin dramatizar.
Cuando la muerte ocurrió en el pasado, con familiares que no conocieron el suceso, dar la información merece su propio espacio, porque no se trata de una crisis inmediata, sino de una decisión de honestidad familiar a largo plazo. Ocultar una muerte por suicidio ocurrida hace décadas casi siempre termina revelándose de otra forma, y esa revelación tardía suele doler más que la información original. No hace falta un anuncio solemne: puede entregarse en capas, según la edad y las preguntas naturales que surgen cuando un niño indaga sobre su familia. Lo importante es enmarcarlo como lo que fue: una enfermedad de salud mental, y no como un secreto vergonzoso o un acto de debilidad.
Abramos el espacio de la conversación en casa, aunque sea imperfecta, aunque no tengamos todas las palabras exactas. Un hijo que crece sabiendo que ningún tema es prohibido en su hogar es un hijo que, si algún día lo necesita, sabrá que puede pedir ayuda. Y esa es, al final, la meta de todo esto: que hablar hoy sea lo que permita que alguien busque apoyo mañana, en lugar de cargar solo con un dolor que nunca tuvo permiso de nombrar.
Si tú o alguien que conoces está pasando por pensamientos suicidas, buscar ayuda profesional es un paso válido y necesario. Hablar de esto también es prevenir.
La autora es psicóloga.


