“Mi gobierno va a recuperar el Canal de Panamá y ya hemos comenzado a hacerlo” aseguró victorioso Donald Trump en su informe a la nación. El mandatario hizo alusión a la noticia que los panameños habíamos conocido horas antes: la compra por parte del fondo de inversión estadounidense BlackRock del 90% de la concesión de los puertos de Balboa y Cristobal operados desde 1997 por Panama Ports. Aunque la astronómica transacción abarca 43 puertos en 23 países, la atención se fijó en los dos puertos panameños a ambos lados del Canal. Los reportes internacionales hacen énfasis en el impacto de Trump en el multimillonario negocio, al punto de revelar que el Director Ejecutivo de BlackRock Larry Fink usó su línea directa con el presidente estadounidense para lograr la compra al gigante portuario chino Hutchison Ports.
Aunque algunos ven con alivio esta unión de la geopolítica trumpista con los gigantes de Wall Street, lo cierto es que las presiones a Panamá están lejos de haber terminado. Y es que el mandatario mencionó la compra de los puertos como un comienzo y no necesariamente un final de la supuesta recuperación que su gobierno hará del Canal. En su discurso aseguró que hay “muchas otras cosas” alrededor de la via interoceánica y que el Secretario de Estado Marco Rubio estaba a cargo de ellas. Al día siguiente la vocera de Trump revivió la versión del paso gratuito de los buques militares norteamericanos, lo que fue desmentido inmediatamente por la ACP. ¿Son estas declaraciones parte de la puesta en escena política y la estrategia negociadora de Trump o realmente quiere más? La evidencia apunta a lo segundo.
Si tomamos como ejemplo la forma en que su gobierno ha humillado al presidente Zelensky, paralizado la ayuda a Ucrania y presionado a un país invadido militarmente para firmar un acuerdo de extracción de minerales, podemos concluir que el mandatario estadounidense continuará corriendo la frontera de sus exigencias. En su visión del mundo, ni la verdad, ni las alianzas, ni los valores democráticos limitan las pretensiones del “Estados Unidos primero”.
La respuesta del presidente José Raúl Mulino llegó en un post de X. “Nuevamente miente…el Canal no está en proceso de recuperación”. Aseguró que esta “nueva afrenta a la verdad” no es parte de las conversaciones con Rubio o ningún otro. Palabras fuertes y necesarias, pero me temo que insuficientes. Y es que, salvo que haya un cambio profundo de estrategia aquí lo que mandan son los hechos. Y estos enseñan que Panamá ha cedido en casi todo lo que se le ha pedido.
No se renovará la iniciativa de la Ruta de la Seda y ya estamos recibiendo migrantes deportados de los Estados Unidos. Para rematar, se anuncia la compra de la concesión portuaria como una victoria de Trump. Parafraseando al mandatario estadounidense, Panamá se ha quedado sin cartas y el juego de barajas apenas comienza.
Pero la compra de BlackRock requiere de un análisis aparte. A pesar de que la misma alivia (ya sabemos que no finaliza) la obsesión trumpista con la supuesta presencia china en el Canal, lo anterior no implica más beneficios para Panamá.
Recordemos que la Contraloría está auditando a Panama Ports no para buscar chinos, si no para encontrar evidencias del largo historial de presuntas irregularidades e incumplimientos de la empresa, que incluye una cuestionada y opaca prórroga por 25 años. Así mismo, tanto el contrato como su renovación durante el gobierno de Cortizo están demandados ante la Corte Suprema de Justicia. El procurador Luis Carlos Gómez Rudy encontró 15 causales de inconstitucionalidad en una opinión que recuerda el fallo contra el contrato minero.
Aunque estas acciones se han dado en el contexto de la arremetida de Trump, (lo que no parece ser una coincidencia), las mismas buscan en teoría defender los intereses de Panamá y no complacer a los Estados Unidos. El anuncio de la compra cambia el escenario, pero no la misión de nuestras instituciones. La Corte debe fallar en derecho y la Contraloria evidenciar toda la verdad sobre esta concesión. Los criterios jurídicos no pueden estar supeditados a que se trate de una empresa china o norteamericana. De hecho, los resultados de la auditoria se podrían utilizar para mejorar los términos del contrato.
Panamá es el dueño de los puertos y puede aprovechar la oportunidad para tener un concesionario más leal que Panama Ports. Si bien la vara está baja, con tantos millones dando vueltas lo mínimo que debe exigir el gobierno es que los nuevos concesionarios cumplan con sus aportes al Estado, no obstaculicen la competencia y agreguen valor a la privilegiada posición geográfica del país y su Canal.
No cabe duda que esta transacción es la cara económica del garrote geopolítico de Trump y que el mandatario estadounidense viene por más. No obstante, sería lamentable que en este juego de presiones geopolíticas y negocios multimillonarios, el único perdedor fuese Panamá. No se dejen echar cuentos, que este está muy lejos de tener un final feliz.