Finalmente, el lugar se llenó: alcaldes y gobernadores, cansados y frustrados, se arremolinaron alrededor de la mesa principal, donde una funcionaria con rango gubernamental de tercera pasaba revista a los presentes, tomando nota de los amigos… y de los adversarios políticos o personales que tuvieron el valor de ir a pedirle ayuda para los damnificados del terremoto. En ese recinto ella tenía más rango que todos juntos, a pesar de que, burocráticamente, no pasaba de asistente. Pero eso sí, era de alguien con el que los presentes no querrían pelearse ni por error.

Ella es la embajadora personal y plenipotenciaria de Mecha Corta en Terrasísmica y alrededores. Todos lo saben, y aunque no les guste, le sonríen mientras por sus gargantas transitan algunos sapos. El ambiente en aquel lugar era el de un matadero: verdugo y corderos. Pero pronto empezó la quejadera: que si faltaba esto, que si no había de lo otro, que si las calles estaban dañadas, que cuándo llegaba ayuda. Lo hacían con frustración contenida, eligiendo con sumo cuidado hasta las sílabas. Lo último que pretendían era que sus palabras fueran espinas de pescado atravesadas en la garganta de la embajajajadora.

La funcionaria tomaba notas, perfectamente consciente de que su bolígrafo era vigilado con el rabillo del ojo de todo aquel que intervenía para pedir o para manifestar su descontento o ambas cosas. Si escribía algo, podía ser: “Ayudar con tal o cual cosa”; o, sencillamente, garrapateaba Mariato, palabra clave para negarle ayuda o poner en lista de espera al valiente que estuviera allí amargado y amargando a los demás, como el bochinchoso del alcalde de Mariato, que se atrevió a desmentir al emperador Boom Boom Bocazas. ¡Él solito se jodió!

La frustración continuó con su discurso. Algunos alcaldes dejaron fluir sus quejas como ríos desbordados. Los gobernadores miraban el piso para evitar la traición de sus ojos. El mínimo contacto visual recriminatorio o gesto de aprobación a favor del descontento generaría un informe de la inquisidora que los llevaría a la hoguera. Las páginas del cuaderno de la embajadora contenían interminables planas con la palabra Mariato y, al costado, los apodos con los que bautizó a cada insensato que la enfrentó, porque ni los conocía ni le interesaban: Fumigador, Bocafloja, Loroborracho, Quintacolumna, Camacho, Maleante.

Desconocía sus nombres, pero los reconocía a todos. Por eso se dio cuenta de que en el fondo de la sala había unos colados que no eran ni alcaldes ni gobernadores. ¡Eran los cretinos que habían escrito sobre ella en los medios! Y no bien porque, según ella, ni era ogro ni era un ser volador de Monagrillo, y de allá, menos. La presencia de esos bochinchosos le hizo perder la concentración. La palabra Mariato fue reemplazada por una X que cincelaba sobre la superficie del papel.

La asistente de la asistente, es decir, su secretaria, le hizo ver que destruía su precioso cuaderno, que era todo el archivo de la ayuda enviada y el inventario de todo lo recibido. Pero ella seguía con sus X. Entonces, su asistente le mostró en la pantalla de su celular —para no interrumpir el diálogo— un letrero rojo que decía: “Keep Calm and Carry On”. La embajadora se puso sus bifocales, leyó y un destello láser salió de sus potentes ojos, reduciendo a cenizas la impertinencia de su secretaria. “¡Qué carajos dice allí!“, pensó. ¡No es el momento de estas pendejadas en inglés!

El alcalde en uso de la palabra también sintió el láser. Abruptamente terminó su pedidera y quejadera, convencido de que había metido, no una, sino las dos patas. Se sentó de golpe, esperando el boleto para ir a conocer a san Pedro. Pero se acobardó. Decidió dejar la sala antes de que ocurriera lo peor. Los bochinchosos corrieron tras él para entrevistarlo al abandonar el recinto. Pero cuando los entrevistadores intentaron volver, las puertas del salón fueron arrojadas a sus narices. “¡Ustedes no son bienvenidos!“, les advirtió un guardia improvisado.

El silencio llenó la estancia. “¡Al fin!“, pensó la dueña de aquel silencio. Miró a su secretaria, que había vuelto a abstraerse en Instagram. Le ordenó ser la centinela de la reunión… sin celular. Nadie más vería ni oiría nada. La embajadora acomodó sus lentes, miró alrededor, pasó siete páginas de su cuaderno hasta hallar una página sin X. Y con voz tensa y vibrante dijo: “Eso fue una advertencia para todos… Lo que pasa aquí se queda aquí“. Luego, con voz atenuada y musical, preguntó: “¿En dónde quedamos?”