El viernes 9 de octubre de 2026 quedó demostrado que en Panamá tenemos excelentes ingenieros. Un terremoto de magnitud 7.7, uno de los más fuertes registrados este año, sacudió el país y, a pesar de los daños que ocasionó, gran parte de nuestra infraestructura resistió. Es algo que merece reconocimiento, especialmente cuando recordamos las tragedias que han sufrido recientemente países como Venezuela y Colombia.

Pero, para mí, lo más importante no es solamente la calidad de nuestra ingeniería. En Venezuela y Colombia también existen normas de construcción sismorresistente. La diferencia muchas veces está en su cumplimiento. Cuando la corrupción permite que se ignoren las normas para abaratar costos, las consecuencias pueden ser devastadoras.

Por eso, considero que lo ocurrido el viernes merece un aplauso a la ingeniería panameña, pero también a nuestra institucionalidad. A pesar de todas las críticas que hacemos a los municipios y a las autoridades, hay que reconocer el valor de un sistema en el que los profesionales diseñan conforme a las normas, los constructores las respetan y las autoridades ejercen su responsabilidad de supervisar y exigir su cumplimiento.

Y aquí viene mi reflexión más importante: cuando cada uno de nosotros, desde su profesión, su trabajo y sus decisiones cotidianas, contribuye a mantener estándares éticos, incluso en las cosas más pequeñas, está ayudando a construir una sociedad en la que la corrupción no tiene cabida. Esa cultura de integridad, que se construye día a día y muchas veces de manera silenciosa, termina salvando vidas en momentos como este.

Por eso, más que un aplauso a una profesión, esto es un aplauso a los valores de una sociedad. Porque la ética no es un concepto abstracto: tiene consecuencias reales y, en ocasiones, es precisamente lo que marca la diferencia entre la vida y la muerte.

El autor es ingeniero civil, con una maestría en Ingeniería Sísmica por la Universidad de California en Berkeley.