En La Villa de Los Santos, un albañil sabe que la casa de quincha frente a él tendrá que caer. Sabe también que ese patrimonio está perdido. Aun así, rescata una por una las tejas que quedaron intactas para usarlas de nuevo algún día. En ese gesto cabe la pregunta que Panamá debe responder en las próximas semanas: si reconstruirá techos o si sabrá conservar lo que esos techos representan, una manifestación de nuestras raíces.
La magnitud del terremoto tardó en revelarse. Los primeros balances hablaban de unos cientos de casas dañadas. Unas semanas después, el Sistema Nacional de Protección Civil (Sinaproc) ya contabilizaba más de doce mil viviendas evaluadas y dos fallecidos. Miles de familias perdieron su casa por completo. En los albergues hay ancianos, personas con discapacidad y cientos de niños que no saben cuándo volverán a su escuela. El costo total sigue sin cifra oficial. Los 100 millones de dólares autorizados son un tope. No dimensionan el daño. Frente a ese panorama, el Gobierno ofrece algunas respuestas. El Ministerio de Vivienda (Miviot) construirá 1,300 viviendas, todas con el mismo modelo de interés social. Se levantarán, siempre que el suelo lo permita, en el terreno de cada familia. Si no es posible, se buscará otro lugar. La velocidad importa. Pero el país ya aprendió, a un alto costo, que la rapidez sin arraigo se paga durante décadas. Debemos proponernos reconstruir con propósito, con un calendario de cumplimiento y con una perspectiva histórica y cultural.
Esa lección viene de El Chorrillo. Tras la invasión de 1989, el barrio fue rehecho sobre sus escombros. Los viejos inquilinatos de madera dieron paso a apartamentos nuevos. Otras familias recibieron casas lejos, en Pacora y Arraiján, a kilómetros de sus vecinos, su iglesia y su trabajo. Se levantaron viviendas, pero la vida comunitaria nunca se reconstruyó. Con los años, más de un tercio de sus habitantes se marchó. El país recuperó su economía en dos años. El barrio nunca volvió a ser el mismo.
Las dos tragedias no son equivalentes. La invasión dejó cientos de muertos en una guerra urbana. El sismo ha causado dos muertes y un daño rural repartido por varias provincias. Lo que las une no es la escala del dolor. Es el riesgo de cometer los mismos errores al reconstruir.
Panamá ya conoce lo que es reconstruir dos heridas a la vez. En abril de 1991, mientras El Chorrillo aún se levantaba, un terremoto con epicentro en Costa Rica sacudió Bocas del Toro y dejó muertos y miles de damnificados. Aquella experiencia rara vez se recuerda. Hoy debería servirnos.
Debemos mirar esta emergencia también como una oportunidad. La casa estándar del Estado debería convivir con alternativas que respeten la forma de vivir y las tradiciones de Azuero. Una arquitecta panameña ya diseñó una vivienda rural con materiales locales, por menos de lo que cuesta el modelo oficial. Antes de derribar cada casa de quincha, los ministerios de Cultura y de Vivienda deben evaluar juntos su valor patrimonial. Los vecinos dicen que nadie les ha explicado cómo salvarlas. Chile enfrentó ese dilema tras su terremoto de 2010. Con paciencia, rescató sus iglesias de adobe.
La reconstrucción también puede devolver el sustento. El sismo interrumpió el turismo, la pesca, el comercio y el trabajo del campo, de los que viven muchas familias de la región. Si las obras emplean mano de obra local y forman a nuevos artesanos de quincha en una escuela taller, Azuero ganará algo más que paredes: ganará empleo y un oficio que hoy escasea.
Queda una deuda con la memoria de Albrook. Allí, los damnificados de 1989 pasaron más de un año en hangares, entre calor y hacinamiento. Los albergues de hoy necesitan una fecha de salida pública. Lo provisional no debe volverse permanente. Y cuando una familia deba mudarse, que sea dentro de su propio pueblo.
El éxito no debería medirse en millones ejecutados. Debería medirse en cuántas familias de Tonosí, Macaracas o Soná vuelven a dormir bajo su propio techo, cerca de los suyos.
El Chorrillo recibió casas nuevas y perdió parte de su alma. Le debemos a Azuero la oportunidad de conservar la suya y volver a una casa cercana y conocida.
La autora es presidente de la Fundación para el Desarrollo Económico y Social de Panamá (FUDESPA).
